Durante dos días, Madrid tuvo el restaurante más grande de la ciudad. No tenía paredes, tampoco reservas imposibles ni listas de espera de meses. Tenía algo mucho más difícil de conseguir: miles de personas sentadas alrededor de una misma idea. Comer bien, compartir mejor y disfrutar de la gastronomía sin protocolos ni prisas. Eso fue Ñam Ñam Festival.
Una experiencia de esta dimensión no sería posible sin el respaldo de una red de marcas e instituciones que han apostado por una nueva forma de entender la gastronomía como fenómeno cultural. En esta primera edición, Ñam Ñam Festival ha contado con el apoyo de Visa, Turismo de Tenerife, Mahou, Citroën, Neolith y Movistar como partners principales, junto a colaboradores como Comunidad de Madrid, Ayuntamiento de Madrid, Cristalino, Tilda, Pasta Garofalo, MO, Pascual Lateado, Aceites de Oliva de España, Go-Tan, Carrefour, Cacique, Pepsi, Schweppes y Miguel Vergara, que han contribuido a convertir Madrid Río en el epicentro gastronómico del fin de semana y en un escaparate de innovación, producto, creatividad y disfrute compartido.



Más allá de los conciertos, los monólogos, el diseño o la programación cultural, la primera edición del festival confirmó algo que se intuía desde el principio: la comida no era una excusa para el evento. Era el evento.
La explanada de Puente del Rey se transformó durante el fin de semana en una enorme terraza al aire libre con algunas de las propuestas gastronómicas más interesantes del momento. Un espacio abierto donde el público pudo recorrer distintas cocinas, descubrir proyectos que habitualmente requieren reserva y construir su propio menú a base de bocados, conversaciones y paseos entre barras.
Un restaurante con vistas a Madrid
Pocas veces la gastronomía disfruta de un escenario así. Con la Casa de Campo a un lado, el Palacio Real al fondo y Madrid Río desplegándose alrededor, Ñam Ñam consiguió algo poco habitual: convertir una de las mejores ubicaciones de la ciudad en una experiencia gastronómica colectiva.
Desde primera hora, las mesas comenzaron a llenarse. La gran protagonista fue, una vez más, la Mesa Infinita, convertida en punto de encuentro espontáneo para amigos, familias y desconocidos que terminaban intercambiando recomendaciones sobre qué pedir después.


Porque eso era precisamente lo que ocurría constantemente: alguien llegaba con un plato de Tripea, otro aparecía con una propuesta de Insurgente, mientras una tercera persona recomendaba acercarse a Nato Robata antes de que se formara más cola. La conversación giraba siempre alrededor de lo mismo: qué se había probado y qué quedaba todavía por probar.
Diez cocinas abiertas y una sola misión: disfrutar
Uno de los grandes aciertos del festival fue reunir en un mismo espacio proyectos capaces de representar formas muy distintas de entender la gastronomía. La parrilla japonesa de Nato Robata volvió a demostrar el poder hipnótico del fuego. Las brasas, el humo y el ritmo constante de la robata se convirtieron en uno de los grandes focos de atención del recinto.
Muy cerca, Tripea mantuvo su particular viaje entre Perú, China y el sudeste asiático, confirmando por qué la cocina de Roberto Martínez Foronda sigue siendo una de las más personales y reconocibles de Madrid.


La creatividad de Insurgente convivió con la sensibilidad gastronómica de Ayawaskha, mientras proyectos como SURCO by Barro o La Casa de Manolo Franco reivindicaban el valor del producto y la conexión con el territorio.



La diversidad era precisamente el gran atractivo. En apenas unos metros era posible pasar de una propuesta inspirada en Latinoamérica a una cocina de raíces mediterráneas, de una elaboración de producto a una interpretación contemporánea del street food.
Colas que se celebraban
Hay colas que desesperan y otras que generan conversación. Las de Ñam Ñam Festival pertenecían claramente al segundo grupo. Frente a muchas de las barras se formaban pequeños grupos de asistentes que aprovechaban la espera para comentar platos, intercambiar recomendaciones o planificar la siguiente parada. Lo que normalmente sería un tiempo muerto se convertía aquí en parte de la experiencia.


Las cocinas trabajaron a pleno rendimiento durante todo el fin de semana, sirviendo de manera ininterrumpida a un público que parecía decidido a cumplir un objetivo compartido: probarlo todo. Y, aunque era imposible llegar a cada rincón del cartel, la sensación general era la misma. Nadie quería quedarse con las ganas.
De la huerta al fuego, pasando por América Latina
La riqueza gastronómica del festival también se percibía en la variedad de propuestas. Fraula aportó una mirada contemporánea al producto de proximidad, combinando técnica y sensibilidad en platos que se convirtieron en algunos de los más comentados de la jornada.

Gustoo acercó al público una cocina profundamente conectada con la identidad latinoamericana, mientras que Gozar y Ancestral demostraron que tradición y contemporaneidad no solo pueden convivir, sino potenciarse mutuamente.
El resultado fue un mapa gastronómico vivo, dinámico y en constante movimiento donde cada barra ofrecía una personalidad propia. No había una única manera de recorrer Ñam Ñam. Cada visitante construía la suya.
Comer, brindar y quedarse un rato más
La experiencia no terminaba en los platos. Las barras líquidas completaron el recorrido con vinos, cervezas, cafés de especialidad y coctelería pensada para acompañar la jornada. Desde las referencias seleccionadas por Bocanada hasta las propuestas de Fango by Barro, pasando por los cafés de Hidden Coffee Roasters, todo contribuía a esa sensación de sobremesa infinita.


Porque si algo definió esta primera edición fue precisamente eso: las ganas de quedarse. Lo que comenzó como una visita para comer terminaba convirtiéndose en una tarde entera compartiendo mesa, descubriendo sabores y dejando que el tiempo avanzara sin demasiada prisa.
Mucho más que un festival gastronómico
Durante dos días, Ñam Ñam Festival reunió música, humor, diseño, cultura y entretenimiento. Pero, por encima de todo, reunió a miles de personas alrededor de la comida. La gastronomía fue el punto de partida y también el punto de encuentro.

Y así, entre platos compartidos, brindis improvisados, recomendaciones cruzadas y algunas de las mejores vistas de Madrid, la explanada de Puente del Rey consiguió transformarse en algo difícil de definir y todavía más difícil de olvidar. Quizá porque durante un fin de semana entero no fue simplemente un festival. Fue, sencillamente, el mejor restaurante de Madrid.