El vino siempre ha estado ahí. En el cine, en la música, en la literatura, en la televisión. A veces como un simple gesto —una copa sobre la mesa— y otras como un símbolo capaz de definir toda una escena. El vino aporta romanticismo, elegancia, melancolía o celebración; es un recurso narrativo tan antiguo como eficaz. Pero la relación no va en una sola dirección. Si el vino ha inspirado a las artes, las artes también han influido en cómo bebemos. Basta una frase de cine, una canción o el personaje adecuado para convertir una botella en icono o para despertar la curio sidad del público por un determinado estilo de vino.
El cine ofrece algunos ejemplos memorables. En ‘A Walk in the Clouds‘ (Un paseo por las nubes), ambientada entre los viñedos de Napa Valley, el vino representa tradición, familia y romance. Muy distinto fue el efecto de Sideways (Entre copas), donde la devoción casi obsesiva del protagonista por la Pinot Noir y su desprecio hacia el Merlot acabaron provocando un pequeño terremoto en el mercado del vino.

Durante años se habló incluso del llamado “Sideways effect”: las ventas de Pinot Noir en Estados Unidos crecieron de forma notable tras el estreno de la película, mientras el Merlot veía cómo su popularidad se resentía. Tal fue el impacto, que muchas bodegas comenzaron a plantar más Pinot Noir para responder a la nueva demanda. El filme provocó uno de los mayores impactos del marketing del vino y una de las frases más recordadas del cine: “I am NOT drinking any fucking Merlot”.
Aunque pocas tan célebres como la de Hannibal Lecter en ‘The Silence of the Lambs‘ (El silencio de los corderos): “I ate his liver with some fava beans and a nice Chianti”. Una sola frase bastó para que muchos espectadores empezaran a interesarse por el Chianti (durante años incluso se convirtió en la referencia más demandada de Italia).
El cine contemporáneo también ha recurrido al vino para contar historias ligadas al viaje, al descubrimiento personal y al estilo de vida mediterráneo. Películas como ‘Under the Tuscan Sun‘ (Bajo el sol de la Toscana) o ‘Eat Pray Love‘ (Come, reza, ama) lo integran en escenas donde el vino forma parte del paisaje, de la gastronomía y del placer de vivir.

El vino también ha sido protagonista directo del cine documental. Barolo Boys relata la revolución del Barolo en los años ochenta y noventa, cuando una generación de jóvenes productores transformó el vino tradicional del Piamonte y cambió su estilo y su reputación internacional. Otro ejemplo es Sour Grapes, un fascinante documental sobre uno de los mayores escándalos del mundo del vino: el fraude de Rudy Kurniawan. En él aparece Laurent Ponsot, propietario de la prestigiosa bodega Domaine Ponsot en Borgoña, que terminó convirtiéndose en una especie de “Sherlock Holmes del vino” al detectar que el falsificador estaba subastando botellas de sus vinos —en concreto Clos Saint-Denis— de añadas que nunca habían existido.
Pero el vino no solo aparece en el cine. Las series también lo han incorporado con naturalidad a la vida cotidiana de sus personajes. En Friends, por ejemplo, una copa de Chardonnay forma parte habitual de las conversaciones entre amigos en el apartamento de Mónica. Al igual que en Sex and the City, donde el vino acompaña a menudo las largas charlas entre Carrie, Miranda, Samantha y Charlotte en restaurantes y bares de Nueva York, consolidando su imagen como bebida urbana ligada a la sociabilidad y a la conversación.
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