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DOSTOIEVSKI EN ARCHY

Raúl del Pozo ha fallecido a los 89 años. (Getty)

Un hombre que te lleva a tomarte unos callos a las diez de la mañana, después de una noche de juego en el Casino de Torrelodones, y que más tarde cita a Plutarco en su columna diaria, o es un truhán, por decirlo a la Julio Iglesias, o puede que un maestro de la supervivencia, un capo de la yakuza, o un santo de los últimos días.

En Raúl del Pozo había algo de esos resineros de la serranía de Cuenca donde nació, un carácter montuno, pero también la delicadeza con la que hablaba de sus amoríos palaciegos, de sus noches blancas, de su pasión por los toros, de su pureza de viejo comunista convertido a la Corte de los Milagros, como aquella vez que se fue con Paco Rabal a cierto hotel de Roma donde ocurrían cosas como en las pelis de Fellini…

Con su melena plateada, bien afeitado, la barriga metida dentro, y el sempiterno blazer azul disfrazó demasiadas veces su corazón de bohemio. Era esa España que todavía no había perdido el tricornio ni los cuernos de venado; el Madrid del cubata en vaso de tubo, de Antoñete en Las Ventas, de D’Angelo en la Castellana, de Chicote en Gran Vía, y ahí las crónicas de Raúl (con permiso de Umbral) aguardaban la salida de las reses como si fuera el último día de la creación.

Hablo de los tiempos de El Independiente, aquel diario donde nos juntamos lo peor de cada familia (incluyo a Andrés Rodríguez), pero con la idea firme de hacer periodismo de trinchera, o literario, o que simplemente tocara las pelotas al poder… Nos pusimos en contra de la invasión de Irak y dicen que a los ciegos (me refiero a la ONCE), les sentó mal, pero se oían tantas habladurías en la calle Marques de Riscal, donde estaba la sede y el golden retriever de Pablo Sebastián, que era mejor bajarse a los baños de Archy a meditar sobre el futuro de la humanidad. Y vaya si lo hacíamos: la philosophie dans le boudoir, dicen los franceses.

Últimamente jugaba al golf en Marbella y escribía en El Mundo y le perdí bastante la pista, aunque alguna vez fui a verle a su chalecito cerca de la estación de Chamartín donde estaba orgulloso de su membrillo en el patio, y su mujer de toda la vida, italiana, le corregía línea a línea sus piezas antes de enviarlas.

El libro favorito de Raúl era El jugador, de Dostoiwesvki, y eso también apuntaba lo que era, no digamos un nihilista, pero si uno de esos tahúres que pueden descifrar una leyenda urbana con la sonrisa de los que vuelven en el taxi echando billetes por la ventanilla abierta.

Gocé de su amistad que se parecida a la del novillero con el apoderado. Confiaba en mi estilo bohemio, en mi amor por Valle-Inclán, en todas esas cosas que pueden volver sentimental a un hombre recio como era Raúl. La nostalgia escribe por su cuenta que fueron unos años maravillosos aquellos albores de los 90. Archy nos ayudó bastante. Todo duró muy poco. Los diarios y los grupos de comunicación empezaban  a menearse como nunca y cada uno nos fuimos en direcciones distintas a seguir escribiendo él al lado del María Moliner o aporreando uno de esos cacharros jurásicos de la primera ola digital, como era el mío, quizás hablando de Nirvana.

Quedan, pese a todo, el aroma a resina, Dostoievsky, y esa puta muerte que acaba haciendo hablar de lo bien que nos sentaba a todos no llevar un móvil encima y sentirnos eternamente jóvenes.

Salud, Raúl, y que la mano venga como nunca has soñado.