María Soa y Sara Faro nos atienden después de tocar ante más de 20.000 personas en la plaza de María Pita, en A Coruña. Llegan a la entrevista sin desayunar, apurándose un vaso de leche con galletas. Se preparan para lo que, dicen, es su gran hito desde que empezaron este proyecto, hace cuatro años: tocar en el Auditorio de Castrelos ante más de 15.000 personas, en Vigo, su ciudad.
Tienen sus principios claros: el feminismo y el gallego son dos ingredientes que nunca van a faltar en la música que crean. Frente a los prejuicios, cantar en su lengua no limita su alcance: tocarán en Pamplona, Barcelona, Roma, Madrid o Sevilla y ya lo han hecho en Bruselas o en Esuatini. Son de esa generación que no tiene miedo a mezclar una muiñeira con la electrónica.
Ambas son chicas risueñas y agradables, pero rápido se ponen serias si tienen que defender sus valores. “Preferimos que nos cancelen a ser tibias”, defienden. Nos citan en el Se Cadra, en medio de Churruca, epicentro de la fiesta viguesa. El local está regentado por Naiara y Sara, dos amigas suyas que quisieron montar su propio mix entre bar de copas y tapas de calidad.
Si tuvierais que definir Tertulia como un plato gastronómico, ¿cómo sería? ¿Qué adjetivos le pondríais?
María: Es un plato de cocina creativa. Es de arriesgarse y probar. Queríamos contrastar cosas muy ácidas y crujientes con otras blanditas y muy dulces, igual que en el disco conviven luces, incomodidades y momentos más tiernos.
La tertulia es algo muy cotidiano. ¿Cómo nace la idea de convertirla en el eje de todo un disco?
Sara: Justo de esa cotidianidad. La música da cuenta de nuestras vivencias personales, de nuestras inquietudes y del tiempo que nos toca vivir. Sentíamos que necesitábamos volver a conversar: lo veíamos entre nosotras, con amigas, con la familia, y también a nivel social y colectivo.
M: Vivimos en la época de la hiperconectividad digital de la que queríamos huir. Nos preocupaba encontrar el concepto del segundo disco, no llegaba… Vimos el cuadro de Ángeles Santos que se llama Tertulia y encontramos el término que lo ordenaba todo.
El otro día te escuché decir que hablar es un acto político y de empatía. ¿Cómo se traduce eso a la hora de crear canciones?
S: Contamos mucho más de nuestras vivencias personales. Primero pasa por escuchar a tu amiga, empatizar con lo que le ocurre y ver cómo traducir eso a una música que nos represente a nosotras. Abrimos el proceso de creación a tres productores más con Çantamarta. Son tres voces nuevas que entran en conversación con tu obra. Eso también es una tertulia: dejar que otras personas se entrometan en tu trabajo para construir algo colectivamente. Es algo que trabajamos hacia dentro, pero que aspiramos a que exista también políticamente.
Habláis de la gente “tibia”. ¿Por qué os preocupa tanto esa figura?
M: Mantenerse al margen es de las peores posturas: eliges ser ignorante y sostener la comodidad de la indiferencia.
S: Vivimos en un momento en el que mucha gente dice “yo en política no entro”, como si la política fuese algo ajeno. “No entrar” ya es una posición. Lo repetimos en una canción: “mejor sentir dolor o rabia que no sentir nada”.
¿Es hoy más difícil escuchar y hablar con alguien que no piensa como tú?
M: Mientras la otra persona habla, tú ya estás pensando lo que vas a decir. No dejas entrar el diálogo. Se convierte en una competición para ver quién convence a quién.
¿Qué es lo que más os preocupa?
M: Condenar los discursos de odio. No se puede permitir que ciertos discursos tengan espacio público como si fueran una opinión más. No todas las posiciones son defendibles.
S: A mí me preocupa el retroceso en el ámbito del feminismo: los lugares que se pretende que vuelvan a ocupar el hombre y la mujer en la sociedad, ese discurso de lo “tradicional” como modelo ideal.
En Galicia muchas tertulias pasan por la mesa. ¿Qué peso tienen para vosotras esas juntanzas alrededor de la comida?
S: Para mí es la manera de establecer el mayor vínculo con tu familia.
M: Es donde, si se canta, se canta. Surgen todo tipo de conversaciones porque ya has tenido todo el vermú.
Nacéis como proyecto en un momento en que se impulsa una escena gallega muy fuerte: Baiuca, Tanxugueiras, glouro… ¿Cómo veis esa evolución de la escena?
S: Es como un contagio. La música en gallego va llegando a distintos géneros, a distintas generaciones. Se va extendiendo de forma positiva.
M: Hay una normalización lingüística mayor en la música que en la sociedad.
¿Diríais que la cocina gallega está infravalorada más allá de los tópicos del marisco?
M: Sin duda. Primero porque el producto gallego es de una calidad increíble, ya sabe bien antes de que inventes nada. Tierra y mar lo dan todo. A veces se queda uno en lo tradicional, pero a partir de ahí hay una vanguardia enorme. Falta reivindicar más la cocina gallega que experimenta, que mezcla, que se arriesga, igual que nosotras con la música.
El feminismo atraviesa los cuidados: cocinar, poner la mesa, limpiar después… En Galicia se habla mucho de “matriarcado”. ¿Cómo miráis ahora esas cocinas de abuelas y madres?
S: Es una imagen que tenemos muy romantizada, pero hay que desromantizarla para darle el lugar que merece: es un trabajo no remunerado que al capitalismo le viene muy bien que siga sin pagar. Nuestras madres y abuelas sostuvieron eso. Ojalá a nosotras no nos toque igual y se reparta de verdad. Queremos que las siguientes abuelas puedan sentarse a la mesa con todo puesto, si quieren. Que no sea excepcional.
En la alta cocina, si pensamos en grandes chefs mujeres, cuesta sacar nombres. En cambio, de hombres salen solos. ¿Falta también ahí reconocimiento?
M: Pasa igual que con la costura: ellas cosen, ellos firman las marcas. Los techos de cristal están en todas partes. A todos esos chefs quien les preparaba de comer era su madre.
Vamos con la tentación culinaria: ¿qué plato no falla nunca?
S: Yo diría sushi, ramen o algún queso gallego.
Cuando estáis de gira, ¿qué producto gallego echáis de menos?
S: ¡La empanada de maíz! Siempre nos ponen empanadas por ahí, pero nunca son como las de Galicia. Y cuando te la sirven fuera dices: “esto en Galicia no pasa”.
M: En los camerinos siempre pedimos tres cosas: queso con uvas —nuestra gran debilidad— y batido de chocolate.