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Piper Bangs, la pintora que transforma peras en cuerpos, deseo y emoción

Alejada del desnudo femenino más clásico, Piper Bangs pinta peras antropomórficas que reformulan, sin pudor y desde el presente más libre, la forma en que se ha representado históricamente el cuerpo de la mujer.

Piper Bangs se ha consolidado como una de las pintoras emergentes más destacadas de su generación en Estados Unidos. Recién graduada del Laguna College of Art and Design, su práctica destaca por una madurez conceptual inusual para su edad (tiene solo 22 años) y por una relectura directa de los símbolos clásicos de feminidad, que la artista convierte en formas vivas, grotescas y deliberadamente ambiguas. Sus peras —blandas, carnosas, arrugadas y a veces con una dimensión casi humana— dialogan con el Impresionismo, el Rococó francés y la pintura holandesa del Siglo de Oro, pero subvirtiendo las morales que esas tradiciones solían imponer.

Todo comenzó, curiosamente, con una frase de Renoir que le hizo gracia: “Mi objetivo al pintar desnudos es hacerlos tan bellos como frutas”. Desde entonces, Bangs trabaja con figuras frutales como pinturas narrativas con cierto tono irónico, muchas veces inspiradas en su propia vida. “Mucha gente me ha preguntado por qué elegí la pera. Me gusta porque puede oscilar entre parecer un torso femenino y un falo”, explica.

En sus cuadros hay ecos de la pintura académica francesa del siglo XIX, disciplina que estudió durante años, pero también de la pintura figurativa californiana vinculada a Wayne Thiebaud, donde el color y la materia adquieren una presencia más inmediata y sensual. Al mismo tiempo, hay una reflexión constante sobre cómo miramos. Le interesa que sus obras permanezcan abiertas, que el espectador complete el relato desde su propia experiencia. Por eso recurre a frutas y no a cuerpos literales. “Quiero hacer pinturas sobre las personas y sus vidas, sus dolores y sus alegrías. Trabajo mucho a partir de textos que escribo y a veces hay situaciones que se me quedan pegadas; normalmente están atravesadas por algo muy incómodo o muy tierno, o ambas cosas a la vez. Y eso suele convertirse en buen material para una pintura”.

Escritores como el francés Roland Barthes también han sido imprescindibles para ella a la hora de pensar la obra como algo que puede generar nuevos pensamientos o múltiples interpretaciones en lugar de transmitir un mensaje fijo. “Pienso mucho en una idea de David Salle: que una pintura debe respetar la inteligencia del espectador y no intentar determinar por completo su experiencia”. Para ella, estas formas blandas y maleables son una manera de hablar de deseo, tensión, ternura, afirmación o vulnerabilidad sin recurrir directamente al cuerpo de la mujer. Pero su relación con la gastronomía no es únicamente estética. La artista aún recuerda el impacto que le produjo cocinar pechugas de pollo para su familia cuando era niña y descubrir, al golpear la carne con un mazo para ablandarla, que aquello había sido un animal vivo poco tiempo antes. Dejó de comer carne durante una década. “Solo he vuelto a comerla hace un mes desde entonces”, confiesa.

Nos cuenta que existe una profunda conexión entre ciertos alimentos y pinturas que primero nos repelen y, aun así, terminan atrayéndonos. “Mis pintores favoritos hacen eso”, asegura. Y añade: “por supuesto, en muchas culturas hay alimentos que resultan desagradables debido a las creencias que tenemos. Durante años, por ejemplo, no me apetecía comer anguila simplemente porque no crecí comiéndola. Y, sin embargo, qué maravillosa puede ser una tortilla de anguila en Pekín”. En la pintura ocurre algo parecido con la fascinación: “El arte puede tomar algo desagradable o turbulento y transformarlo para que podamos pensarlo de otra forma.»

«En su mejor versión, el arte puede ser una manera de digerir la vida”

Esa idea de digestión atraviesa buena parte de su trabajo reciente. Bangs se interesa especialmente por revelar las fuerzas invisibles que existen entre los cuerpos y no percibimos en nuestra vida cotidiana: tensión, deseo, presión… “Hace poco, un amigo me habló de esta idea de Gilles Deleuze, que utiliza a Francis Bacon como ejemplo para mostrar tensiones o incomodidades en una persona que, de otra forma, no podríamos ver (esto está explicado de manera mucho más elocuente en The Logic of Sensation). Por eso sus frutas aparecen comprimidas unas contra otras, como si estuvieran atrapadas dentro de una coreografía emocional silenciosa.

En paralelo, la artista trabaja en una nueva exposición individual inspirada en la jerarquía entre la pintura histórica y alegórica y el bodegón doméstico, que era uno de los pocos géneros en los que podían participar las mujeres pintoras, salvo algunas excepciones. “Me interesa explorar qué ocurre si realizo bodegones que hablan de experiencias de crecimiento y paso a la adultez como mujer joven, utilizando objetos domésticos como metáforas, pero trabajando con la escala y la ambición compositiva de la pintura histórica. He estado observando a pintores como Delacroix y Paul Delaroche para desarrollar la estructura de estas obras, y tomando color y atmósferas de impresionistas como Mary Cassatt y Berthe Morisot”, relata la artista. Paralelamente, está pensando en invertir esa estructura: trabajar en un formato más doméstico y delicado, como una caja de música del siglo XIX, y reemplazar la pequeña bailarina por una fruta giratoria con una presencia más explícitamente corporal o fálica. “Imagino esas piezas como esculturas complementarias dentro de la exposición”.

También reconoce pensar mucho en la relación entre deseo y consumo. “Me encantaría colaborar en el desarrollo de un menú compuesto por platos con formas corporales, donde algo pueda resultar apetitoso y ligeramente inquietante al mismo tiempo. Hay algo ahí que conecta con la idea de Renoir de querer que las figuras que pintaba parecieran consumibles”. Una imagen que resume bastante bien el universo de Piper Bangs: delicado y extraño, elegante y perturbador. Siempre suspendido entre el apetito y el desconcierto.