Carlo Petrini ha fallecido a los 76 años. El activista italiano, fundador del movimiento Slow Food y símbolo de resistencia frente a la comida rápida y los modelos de producción masiva, dedicó su vida a defender una alimentación basada en el respeto por la tierra, los productores locales y las tradiciones culinarias. Nacido en 1949 en la localidad piamontesa de Bra, Petrini se convirtió en una de las voces más influyentes en la defensa de una gastronomía sostenible, consciente y humana. Su legado no solo transformó la forma de entender la comida, sino que también impulsó un estilo de vida que hoy está más vivo y sano que nunca.
El origen de su revolución se remonta a 1986, cuando lideró una protesta en la Plaza de España de Roma contra la apertura de un restaurante McDonald’s. Aquella acción, inicialmente minoritaria y casi simbólica, marcó el nacimiento de una idea que transformaría la relación de millones de personas con la comida. Tres años después fundó oficialmente el movimiento Slow Food, impulsado por un manifiesto que defendía “el derecho al placer” y una manera más pausada, consciente y humana de alimentarse.
Con el paso del tiempo, Slow Food evolucionó hasta convertirse en una red global presente en más de 160 países y formada por miles de agricultores, cocineros, académicos y consumidores comprometidos con una alimentación “buena, limpia y justa”. Petrini defendía que comer era también un acto político y que cada elección alimentaria tenía consecuencias sociales, económicas y medioambientales. Su lucha se centró en proteger la biodiversidad, combatir la homogeneización de los alimentos y apoyar a los pequeños productores frente al poder de las grandes multinacionales.
Además de activista, Petrini fue un pensador humanista que impulsó proyectos pioneros como la Universidad de Ciencias Gastronómicas de Pollenzo y Terra Madre, un encuentro internacional que reunía a comunidades indígenas, campesinos y chefs de todo el mundo. También promovió iniciativas como el Arca del Gusto, destinada a proteger alimentos y variedades tradicionales en peligro de desaparición. Su trabajo le valió reconocimientos internacionales como el premio Campeón de la Tierra de Naciones Unidas y su inclusión entre las personas más influyentes del mundo según la revista Time.
Quienes lo conocieron destacan su carácter cercano, su capacidad para escuchar y su convicción de que otro modelo alimentario era posible. Petrini insistía en la importancia de reducir el desperdicio de comida, consumir productos locales y respetar los ritmos naturales de producción. Para él, la gastronomía iba mucho más allá de la cocina: era cultura, identidad, comunidad y también una herramienta de justicia social. “Quien siembra utopía, cosecha realidad”, repetía con frecuencia para resumir su filosofía de vida.
Su fallecimiento ha provocado numerosas reacciones en Italia y en distintos países del mundo. Políticos, organizaciones ambientales y representantes del sector gastronómico han destacado el enorme legado de un hombre que logró transformar la alimentación en una causa global. Su propósito de toda una vida seguirá vivo en millones de personas que entienden la comida no solo como consumo, sino como una forma de cuidar el planeta, preservar las tradiciones y construir un futuro más sostenible.