El verano pasado fue de las ‘sardine girls’, una extensión de la microtendencia ‘sardinecore’ que invitaba a romantizar el verano con un estilo de vida pausado al lado del mar, vistiendo looks bañados en estampados de sardinas.
Las sardinas emergieron de la superficie para adentrarse en la moda a través de una corriente fluctuante que acabaría atravesando el campo de la belleza. ¿El motivo? todos sus beneficios para la piel logrados gracias a una mezcla de vitamina D, B12 y ácidos grasos omega-3; además de minerales esenciales como el hierro, el calcio, el potasio o el yodo. Sobre todo, desde el momento en el que la modelo Anok Yai confesó que comía “una lata de sardinas cada noche” para mantener la piel suave y radiante.

El boom no tardaría en llegar, influenciando a los creadores de contenido a hacer ayunos a base de sardinas, y a dejar los supermercados sin reservas para hacer combinaciones de snacks con el pescado en conserva concebido como el gran aliado para el cuidado de la piel. El botox natural con el que conseguir “piel de cristal” y satisfacer a las nuevas generaciones obsesionadas con la salud de la piel y alimentaria, y con el consumo de antioxidantes y grasas esenciales.
Y es que, los efectos del omega-3 de la sardina actúan entre la dermis y la epidermis regulando la inflamación, amortiguando el impacto solar y ayudando a preservar el colágeno, sosteniendo la firmeza y actuando contra el desgaste que deja la radiación UV sobre el rostro, más allá de todos los beneficios que pueda tener a nivel interno. Porque las sardinas son el gran hack natural con el que conservarse ahora y siempre.