Los libros de cocina del siglo XVI no incluían entre sus recetas nada parecido a lo que nosotros conocemos como postres. En realidad, la manera en la que surgieron fue algo así como una forma de conservar ciertos alimentos para que durasen más en el tiempo sin echarse a perder. En el siglo XVII apareció el primer libro de repostería al comenzar a pensar en los dulces como una comida más y no como en una forma de mantener los alimentos en buen estado o como forma de aderezarlos para que tuvieran un mejor sabor. Esta transición hacia la elaboración y la apreciación de los postres dulces surgió gracias a las nuevas plantaciones de azúcar del Nuevo Mundo, reduciéndose así el precio del azúcar y permitiéndole convertirse en un ingrediente principal (no sólo en especia para resaltar el sabor o conservarlo).

Durante esta época, los postres se servían como transición entre los platos principales, hasta que a mediados del siglo XVII comenzaron a servirse al final de la cocina. Con la llegada del rey Luis XIV y su obsesión por cultivar fruta exótica fuera de temporada, la fruta sirvió como escultura además de empezar a utilizarse como postre. Se servían pirámides de fruta en cada festín de Versalles con el doble objetivo de ser postre y decoración haciendo de los dulces un medio para hacer obras de arte. Este fue el inicio de los postres y de la manera en la que los conocemos a día de hoy.