El arte de vivir bien en Palma de Mallorca tiene coordenadas exactas. Ubicado en el emblemático Passeig de Sagrera, en Mallorca, La Caña se reivindica como refugio hedonista donde la cocina ininterrumpida abraza al comensal desde el mediodía hasta la noche. Este espacio, firmado por Forn Projects, entiende a la perfección la liturgia del terraceo balear, fusionando atardeceres vibrantes, cócteles con chispa y una propuesta gastronómica que respira pura esencia mediterránea.
La carta es un homenaje al producto y a la tradición reinterpretada con sofisticación. El festín comienza mirando al mar a través de bocados delicados como la ostra natural GEAY número dos acariciada con limón o la exquisita zamburiña a la plancha, que despierta el paladar gracias a una impecable beurre blanc de cítricos y calabacín salteado. Los clásicos del tapeo nacional desfilan por la mesa con una elegancia rotunda, desde la indispensable gilda de boquerón, aceituna y piparra hasta el pan cristal con tomate y aceite de oliva, perfecto para acompañar una cuidada selección de paletilla ibérica o un queso Mahón-Menorca semicurado que rinde tributo a la región.


La fritura, el guiso y el ingenio encuentran aquí su versión más pulida. Los calamares a la andaluza con mayonesa de lima y los chipirones fritos con ralladura de limón compiten en protagonismo con unas albóndigas en salsa de vino blanco que sorprenden al incorporar crujientes chips de alcachofa. Mención aparte merece el tratamiento de los huevos rotos deluxe acompañados con gambas al ajillo, jamón ibérico aderezado con aceite de jamón o un suntuoso foie rematado con reducción de Pedro Ximénez.
El dominio absoluto de los fogones se hace verdaderamente evidente en los arroces, un terreno exigente donde la precisión es innegociable. La intensidad marina se captura a la perfección en el arroz de gamba roja servido con alioli, mientras que el arroz cremoso de setas y alcachofas, coronado con un sutil alioli de hierbas, ofrece un magistral paseo por los matices más terrosos y profundos de la huerta.


Las opciones del mar brillan con luz propia a través de elaboraciones como la lubina con mantequilla de hierbas o el rodaballo, que encuentra el equilibrio exacto gracias a un acompañamiento vibrante de ajo, perejil y vinagreta de manzana verde sobre patatas panaderas. Quienes prefieran la contundencia de la carne hallarán refugio en la pluma ibérica a la brasa o en la jugosa entraña de ternera Angus, realzada con el toque audaz del chimichurri. Todo ello conforma una propuesta redonda, pensada para saborear la isla a fuego lento, bocado a bocado, dejando que la sobremesa fluya hasta que caiga el sol.