Opinión Salvador Sostres

Hiris de Hermès, ahora que Armani Privé ha publicado su Iris Blue

Hiris de Hermès

Olivia Giacobetti creó Hiris en 1999, en su bello gobierno de flores y maderas. La señora Giacobetti tiene el don de la delicadeza. Digo “don” y no característica, que sería más mundano y más neutro, porque eleva de tal modo la delicadeza, la lleva tan hasta sus últimas consecuencias, que es imposible no ver una intercesión trascendente en cada una de sus obras. Yo pertenezco a la generación -o más bien al club- de hombres que un día alrededor del año 2000 entramos al hotel Costes y todavía no nos hemos recuperado del impacto de su perfume. Aquella apabullante redada de rosas, incienso y cedro, con el añadido, de tan sexy casi cruel, de la pimienta negra, para que nunca más volviéramos a dormir tranquilos, nos hizo hijos y nos dejó huérfanos al mismo tiempo, nos dio algo real en lo que creer apasionadamente y la añoranza de las largas temporadas en que no podemos ir. Luego vino Passage d’Enfer, para L’Artisan Parfumeur, otro incienso demoledor, con azucena y sus notas amaderadas, del que, por supuesto, tampoco hemos podido recuperarnos; aunque lo más salvaje es que estos dos inciensos, tan memorables, tan arrebatadores, son ambos deudores de una pequeña -por el tamaño físico- pero gran -por su altura moral- obra de arte llamada D’Humeur a Rien, la más pura, especiada, deslumbrante celebración del incienso que jamás se ha publicado, muy por encima en gracia y matiz -por poner un ejemplo de todos conocido- del incienso Avignon de Comme des Garçons, un gran perfume de Bertrand Duchaufour, pero hasta él estaría de acuerdo en que al lado de Olivia todo palidece -salvo Jean-Claude Ellena.

Sin la delicadeza como un don, como un regalo personal y explícito de Dios, nadie podría moverse sin accidente por los alambres tan imperceptibles en los que hace sus equilibrios la señora Giacobetti. El Hiris de Hermès es, al principio, una locura de iris amargo, vegetal verde, seco. Luego el iris se despliega más italiano, jabonoso, aterciopelado; etéreo, muy bien armonizado por el ámbar. El toque amaderado -siempre Olivia- le confiere elegancia y seriedad, que no es que le haga falta, pero la autora es tan tímida y educada, tan reservada, que siempre reserva un espacio de silencio y pulcritud, y el hilo conductor de todas sus fragancias es que huelen a limpio.

Algunos detractores, o quizá no detractores pero sí críticos con Hiris, le reprochan la corta duración o permanencia. No entienden el carácter angustiosamente efímero de la genialidad. No entienden que la brevedad es lo que da sentido a la Gracia, el amor como un relámpago que te agita hasta que brota el gemido. ¿Qué más queréis?

Me he acordado del Hiris de Giacobetti/Hermès porque Armani Privé acaba de sacar su Iris Bleu, jugando a los iris sin el talento adecuado para hacerlo, sin tener el móvil de Dios ni por lo tanto la Gracia de su lado. El resultado es un tormentoso pastiche con bruscas interrupciones a cada rato, por el que la casa pide 200 euros, aunque rebajado se puede obtener a 180 en El Corte Inglés. El Hiris de Hermès en las perfumerías Julia está a 112 euros. Yo entiendo que el mundo vive en constante movimiento y que todos tenemos que hacer cualquier cosa, pero una cierta contención con lo nuevo porque sí, cuando existen obras maestras anteriores, me parece ruido innecesario, un descortesía, algo de lo que las personas y las empresas educadas tendrían que huir y que este fuera su signo distintivo.