La adaptación cinematográfica de Cumbres Borrascosas ha levantado muchos apetitos desde su estreno el pasado 13 de febrero. El amor, el deseo, el alivio de ser correspondido y la agonía de no serlo. Muchos impulsos se sirvieron en una mesa de sensaciones que ha cautivado a una nueva generación de espectadores y críticas. Estas emociones se materializan en la química de sus protagonistas, los dioses australianos Margot Robbie y Jacob Elordi, en el exquisito vestuario de Robbie y en la fotografía lírica del filme, hasta llegar a aquellas sensaciones más tardías, las que emergen después de abandonar la sala.
Es como si los páramos de cumbres verdes hubieran dejado a su público sediento. ¿De qué? De romance, de respuestas e incluso de más fantasía victoriana. En Tapas no contamos con la creatividad ni el talento de Emily Brontë, pero si has visto Cumbres Borrascosas y tu estómago emocional ha quedado vacío, podemos saciar un poco esa curiosidad literaria a través de lo que mejor se nos da: la comida, que en esta película habla por sí sola.
La comida como lenguaje
En las producciones audiovisuales, el guion de los personajes no es el único lenguaje que se comunica. Existen dialectos subliminales que solo pueden entenderse activando todos los sentidos, incluido el del gusto. La comida suele ser una de estas vías narrativas sucedáneas que logran desenmascarar expresiones escondidas a simple vista que no se pueden expresar con palabras. Y en cuanto a mensajes en clave, Cathy y Heathcliff saben un rato.
Los huevos
El sonido crujiente que acompaña a Heathcliff al descubrir los huevos escondidos bajo sus sábanas, dejados por Cathy como pequeña venganza tras haberla colgado literalmente de un árbol, marca uno de los cambios más profundos en su relación. La manera en que urga entre las yemas y rompe los cascarones simboliza el despertar del deseo y de la pasión, un momento en que la tensión entre ambos da un giro completo. Ya no son niños; el juego se torna intenso y cargado de electricidad que deja sin respiración.
Al día siguiente, el huevo pasado por agua que Cathy toma en el desayuno parece a medio abrir, sugiriendo que su barrera emocional y su deseo aún permanecen parcialmente protegidos. En contraste, la apertura de Heathcliff es total, sin cáscara ni vuelta atrás, revelando que su pasión y entrega ya no conocen límites.

La hora del té
Con claras tendencias rococó, melosas y puramente ornamentales, nos presentan a los dos “adornos” dentro del romance entre Cathy y Heathcliff. La familia Linton -Edgar como esposo de Cathy e Isabella… bueno, como esposa y perrito faldero de Heathcliff- actúa como meros peones en una historia de amor que arrasa con todo a su alrededor. Isabella, con sus lazos y volantes tan queridos, parece más parte de la bandeja de pastas que un personaje con entidad propia. Es un ornamento más de la trama. Incluso Edgar, a pesar de dar todo lo que tiene y puede al personaje interpretado por Robbie, nunca es suficiente. No deja de ser una migaja en el camino que inevitablemente conduce a Heathcliff.

El banquete de la casa Linton
Lo mucho cansa. La abundancia no llena el vacío emocional ni apacigua la pasión. Tras su boda, Cathy se ve rodeada de ostentación y excesos. Vestidos lujosos, joyas, banquetes interminables y todo tipo de derroches. La mesa, rebosante de colores saturados y platos poco apetitosos, habla más de lo que aparenta: transmite insatisfacción y tensión contenida.
En varias escenas se muestran recetas envueltas en una especie de gelatina, blanca o roja según el caso. En un momento, Cathy queda hipnotizada por un pescado atrapado en esta masa viscosa y opaca. Este gesto simboliza dos cosas: primero, que su amor y pasión siguen intactos, pues, aunque inconscientemente, su afecto verdadero siempre ha sido para Heathcliff. Ni Edgar ni la opulencia que lo rodea han logrado romper esa “gelatina”.
En segundo lugar, el pescado encapsulado refleja cómo los deseos y sueños de Cathy permanecen escondidos bajo llave, atrapados en una historia dolorosa, turbulenta y profundamente borrascosa.

Las botellas vacías
La muerte de Mr. Earnshaw, padre de Cathy y «padre adoptivo” de Heathcliff, se representa rodeado de montañas de botellas vacías de alcohol, un contraste con los verdes páramos por los que Catherine y Heathcliff solían correr de niños. Estas botellas simbolizan la pérdida del padre a manos de la bebida, el juego y sus propios desvaríos, que afectaron profundamente a toda la familia. Son recuerdos incómodos y una herencia tóxica que deja su marca en la próxima generación, condicionando la vida y el destino de los jóvenes y pasionales protagonistas.
