Reportajes

Dentro del universo creativo de Henry Rox

Rescatado del olvido por la mirada curiosa del fotógrafo e historiador Wolfgang Vollmer, el universo creativo de Henry Rox nos devuelve a esos tiempos donde las zanahorias se convertían en elefantes y los plátanos surfeaban las olas a lomos de una sandía. Un legado vitamínico que oscila entre la vanguardia y el juego.

A Henry Rox lo podemos encontrar entre la nostalgia táctil de la escultura clásica y la fugacidad irreverente del pop. Su universo creativo —rescatado providencialmente del olvido por la mirada curiosa del fotógrafo e historiador Wolfgang Vollmer— nos invita a un banquete visual donde la naturaleza muerta se rebela contra su propio nombre para danzar con una vitalidad sorprendente. A priori, hacer esculturas antropomórficas con frutas y verduras puede parecer un gesto pueril, pero para Heinrich Rosenberg —su verdadero nombre, nacido en el Berlín de 1899— fue la más deliciosa y lúcida de las resistencias frente a la barbarie del siglo XX.

Hijo de una familia acomodada de origen polaco que regentaba con éxito un negocio de moda en la elegante Tauentzienstrasse, el joven Heinrich creció entre tejidos lujosos y escapadas estivales al Mar del Norte. Tras servir en la Primera Guerra Mundial —donde fue condecorado con la Cruz de Hierro—, estudió historia del arte y escultura, primero en Berlín y más tarde en París, ciudades donde absorbió el pulso de las vanguardias.

En aquellos años conoció a la periodista Charlotte Fleck, con quien se casó y formó parte de la escena cultural berlinesa. En 1934, debido al acoso de la Cámara de Cultura del Reich, se mudaron a Londres y más tarde a Estados Unidos, donde fue profesor de escultura durante veinticinco años en el Mount Holyoke College de Massachusetts. Rox encontró en la materia orgánica un refugio frente al desarraigo.

Aquel primer exilio británico supuso reinventarse en una lengua extraña y sostener la frágil arquitectura de un hogar mientras el mundo se desmoronaba. Mientras sus esculturas formales de terracota, madera y metal iban quedando silenciosamente relegadas por el avance de la abstracción, sus pequeñas criaturas efímeras conquistaban las páginas de las revistas ilustradas y los fotogramas de Hollywood, llegando a compartir plano con Judy Garland.

Para Henry Rox, el acto creativo partía de una suerte de escucha profunda donde la fruta sugería una postura, una actividad latente en su curvatura; él se limitaba a completar lo que ya estaba dado.

Como bien observa Wolfgang Vollmer, curador de la exposición y editor del libro que lo devuelve al lugar que merece en la historia de la fotografía, sus imágenes establecen un puente insólito entre la fría precisión de la Nueva Objetividad alemana y el humor conceptual de Fischli y Weiss.

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