En sus pinturas neoxpresionistas, llenas de garabatos caóticos, enigramas encriptados, imágenes animadas y referencias al jazz, Jean-Michel Basquiat exploró temas como la desigualdad, las estructuras de poder o el racismo estadounidense. Una obra que, lejos de quedarse en la superficialidad del arte urbano o la belleza, se adentró en la cara B del ‘sueño americano’ y en los problemas estructurales de la comunidad negra, incluso cuando llegó a ocupar las galerías de arte más prestigiosas del mundo.
Bajo el seudónimo de SAMO, uno de los artistas contemporáneos más influyentes y cotizados del siglo XX, pasó de habitar las calles y pintar sus paredes con enigmas visuales, a alcanzar la cima del éxito en una industria que le acabaría dedicando un sinfín de homenajes. Aunque nunca parecen ser suficientes.

Este año se diluye en esa obra-tributo un nuevo documental con el que adentrarse y conocer a la persona, más allá del artista, a través de los recuerdos de su familia. ‘Jean-Michel‘, que llegará a la cartelera de Netflix el 11 de diciembre, vuelve a situar su figura en primer plano, invitándonos a revisitar una de las facetas menos evidentes de su obra: la gastronomía como reflejo de la identidad, la desigualdad y la memoria cultural.
Disolviendo referencias políticas
La comida ocupa un espacio central en algunas de las pinturas de Jean-Michel, las cuales, lejos de limitarse a la representación literal de platos o ingredientes, sirvieron para poner sobre la mesa algo mucho más profundo. El arroz con pollo es uno de los ejemplos más claros. En esta pintura nostálgica, el plato tradicional remite a la herencia puertorriqueña de su madre y a los recuerdos de sus estancias familiares en la isla, adquiriendo una dimensión íntima vinculada a la infancia y al sentimiento de pertenencia.

En ‘Fried Chicken‘ (1982), sin embargo, el significado se vuelve más crudo. El pollo frito arrastra en Estados Unidos una historia de estereotipos raciales asociados a la población negra, construidos y perpetuados durante generaciones. Al situar este alimento en el centro de una obra, Basquiat activa esas connotaciones sin necesidad de explicarlas, siempre y cuando se admire y examine desde las estructuras de poder que lo atraviesan.
Las palabras también alimentan sus cuadros. En ‘Man from Naples‘ (1982), las referencias escritas a distintos productos cárnicos -desde las chuletas de cerdo hasta el prosciutto- conviven con signos, tachaduras y figuras que surgen directamente del pensamiento del artista. No es de extrañar que su obra haya despertado el interés de chefs contemporáneos como Andoni Luis Aduriz, para quien la creación también puede consistir en cuestionar el status quo.

Para acabar de entender su particular mirada de la alimentación, entendida como una necesidad básica y un indicador de las desigualdades sociales, debe conocerse su experiencia previa al éxito. Y es que, antes de ser una artista reputado en todo el mundo, Basquiat conoció de primera mano la precariedad y las dificultades de sobrevivir en la calle.
La relación entre Basquiat y la comida sigue encontrando nuevas lecturas décadas después de su muerte, en 1988. El colectivo culinario Ghetto Gastro ha recuperado las referencias a la cultura afrocaribeña de su universo para desarrollar propuestas que conectan cocina e identidad, mientras que Dom Pérignon ha rendido homenaje al artista mediante ediciones especiales que trasladan su imaginario al mundo del champán.