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De una crema de puerro a unas ostras envenenadas: la simbología gastronómica de la nueva serie de ‘Monstruos’

A veces, los mayores secretos no están en el hacha del crimen, sino en lo que se sirve sobre la mesa. La nueva serie de Netflix sobre Lizzie Borden lo deja claro.

(Foto de Netflix)

No cabe duda de que el universo de Ryan Murphy (Glee, American Horror Story, American Crime Story, Scream Queens) tiene por costumbre servir, cada octubre, un festín de historias y sensaciones para acompañar la spooky season. Algunas son fáciles de digerir y otras se quedan atravesadas en el estómago. Su antología Monstruos, de Netflix, es buena prueba de ello. Después de explorar los casos de Jeffrey Dahmer, los hermanos Lyle y Erik Menéndez y Ed Gein, el director vuelve a poner sobre la mesa una combinación que nunca deja indiferente: el rigor histórico de sus relatos frente a las licencias de su imaginación artística.

Pero más allá de los crímenes, las polémicas y las reconstrucciones de algunos de los episodios más oscuros de la historia reciente, las series de Murphy esconden otros elementos que, a primera vista, pasan inadvertidos. Objetos, alimentos y pequeños detalles que terminan adquiriendo un significado mucho mayor de lo que lucen. Este 2026, el director ha vuelto a hacerlo a través de unas cuantas ostras, cerezas y, por supuesto, algún que otro hachazo.

La historia de Lizzie Borden , sobre la mesa

Esta vez, el protagonista es una mujer, Lizzie Borden, conocida como «la asesina del hacha», que pasó a la historia por el doble asesinato de su padre y su madrastra en 1892, en la Nueva Inglaterra victoriana. Aunque fue juzgada y finalmente absuelta, Ryan Murphy e Ian Brennan optan desde el primer episodio por explorar la hipótesis de su culpabilidad y recuperar teorías que apuntan a que la sirvienta de la familia pudo empujarla a cometer los crímenes, además de sugerir que ambas mantenían una relación sentimental. Estrenada en Netflix el pasado 17 de septiembre, Monstruo: La historia de Lizzie Borden permaneció dos semanas en el número uno de las series más vistas de la plataforma y, cerca de un mes después, continúa entre las diez primeras. En resumen, otro «hachazo» para el repertorio de éxitos de la plataforma y del director.

Más allá del crimen, la ficción construye buena parte de su atmósfera a través de la comida: las escenas alrededor de la mesa y los alimentos en mal estado funcionan como símbolos de la asfixia, el control y la corrupción que atraviesan el hogar de los Borden, donde lo más inquietante se esconde en los gestos más cotidianos.

La simbología detrás de los platos del nuevo hachazo de Netflix

La ardiente crema de puerro

La perfecta introducción a la hostilidad y a la impermeabilidad emocional de la casa Borden. En esta escena, la sirvienta de la familia sirve a Lizzie, a su padre y a su madrastra una crema de puerros todavía humeante. Acto seguido, Abby Borden -interpretada por Rebecca Hall-, tras dedicarle un gesto de desprecio al plato y a quien lo ha preparado, le arroja la sopa a la cara, provocándole quemaduras y mucho dolor. La escena termina con un contundente «estás despedida» y la constatación de que ya van por la séptima criada en apenas un año.

Mientras tanto, Andrew Borden (Charlie Hunnam) contempla la situación con absoluta indiferencia y Lizzie (Ella Beatty) observa lo ocurrido con perplejidad. En apenas unos minutos, la serie dibuja las dinámicas de poder que rigen la casa, únicamente a través de una sopa: Abby ejerce la hostilidad, Andrew representa la indiferencia y Lizzie ocupa, por ahora, el lugar de quien presencia y soporta las consecuencias.

Una fresca y confiable bullabesa

Con la llegada de Bridget (Vicky Krieps), más conocida como Maggie, parece que tanto Lizzie como la casa Borden respiran por fin un aire algo menos denso. Y es que la nueva sirvienta trae consigo una perspectiva más moderna, abierta y poco encorsetada por las normas de la época. Después de haber vivido en distintos lugares del mundo, entre ellos París, Maggie introduce en la mesa familiar este plato francés, en concreto de Marsella, hecho con cangrejos de río, que resulta tan sofisticado a la vez que adictivo

Una receta que, además de conquistar los paladares de los Borden, parece simbolizar una nueva etapa en la casa, algo más deliciosa y menos marcada por la crueldad que hasta entonces dominaba sus paredes. La recién llegada consigue ganarse la confianza de toda la familia y, especialmente, abrir una nueva puerta de esperanza para Lizzie. Ya no está sola ni en la mesa, no bajo ese techo.

Una sopa de ostras con mucho cardamomo

Una lluvia de sabores, emociones y acontecimientos termina por descarrilar una, en apariencia, inocente sopa de ostras. Después de que Lizzie y Bridget hayan afianzado su amistad -o algo más-, ambas llegan a la conclusión de que la única manera de librarse de quienes las cohiben y torturan es acabar con los Borden. Y qué mejor forma de hacerlo que a través de la comida, una manera más inocente y menos violenta de cometer un asesinato. Su plan consiste en intoxicarlos con ostras, un tipo de molusco bivalvo que, tradicionalmente, se desaconsejaba consumir durante los meses más cálidos, como mayo, por el riesgo de proliferación bacteriana y deterioro.

Para disimular su estado, Bridget prepara la receta con una buena cantidad de especias, intentando camuflar el sabor de las ostras en mal estado. El resultado parece todo un éxito: los Borden prueban la sopa, quedan encantados e incluso repiten. Tanto es así que Andrew atribuye su delicioso sabor al cardamomo. Sin embargo, apenas unos segundos después, la escena da un giro bastante menos apetecible y ambos comienzan a sufrir una violenta intoxicación, con vómitos incluidos. Más allá del menú, esta sopa marca el comienzo de una guerra dentro de la casa y deja bastante claro que, si algo está podrido, no son únicamente las ostras.

Las dos caras de la cereza

Lizzie no solo cría palomas en su palomar, también tiene varios cerezos en el jardín, de cuyos frutos disfruta recogiendo y admirando su belleza. Pero, como casi todo en esta historia, las cerezas tienen una cara bastante menos dulce de lo que parece, son un arma de doble filo. En un primer momento, representan la pasión, el deseo y la tentación que Bridget despierta en su vida, mientras ambas comienzan a desarrollar una relación amorosa en la que todo parece teñirse de tonos rosados y rojos.

Sin embargo, tras el asesinato de sus padres a hachazos, este fruto adquiere un significado completamente distinto. Las cerezas se convierten en una compota que Lizzie utiliza para preparar unas galletas destinadas a los policías que investigan el crimen. Una escena en la que, mientras ofrece dulces con aparente ingenuidad, intenta convencer a quienes la rodean de que no tiene nada que ver con lo sucedido. La fruta, antes símbolo del amor y el deseo, aparece ahora machacada, convertida en un reflejo de su propia vida y de todo lo que ha quedado hecho trizas.

Un plato de carne con guarnición y mucha distinción

Durante una cena en casa de los Borden, a la que asisten la vecina Bertha Manchester, el tío materno de Lizzie y la actriz Nance O’Neill, se sirve un plato aparentemente sencillo: carne, puré de patata, zanahorias y guisantes. Sin embargo, detrás de esta combinación hay algo más que una receta tradicional. La clave está en la separación. Nance exige que cada alimento permanezca en su sitio y no entre en contacto con los demás, una manía que sirve como reflejo de las distintas barreras que existen dentro de la propia casa.

Por un lado, están las diferencias de clase entre los Borden y Bridget, la sirvienta; por otro, las tensiones entre hombres y mujeres, que en esta escena se manifiestan de formas muy distintas. Mientras Andrew busca en su cuñado un compañero con quien hablar de caza, las mujeres de la mesa lo acorralan con sus comentarios y críticas, hasta que termina golpeando la mesa. Pero la distinción también aparece en la propia Nance: una cosa es la persona y otra el personaje que interpreta. Una idea que cobra sentido más adelante, cuando ayuda a Lizzie a preparar su papel de inocente durante el juicio por el asesinato de sus padres.

Pizza y pollo frito para una asesina convertida en icono

La serie también recupera la historia de Aileen Wuornos, una trabajadora sexual estadounidense condenada a muerte por el asesinato de siete hombres, algunos de ellos clientes. Según su versión, actuó después de sufrir abusos y agresiones sexuales. Murphy la retrata como una mujer trágica y vengativa, pero también marcada por una infancia llena de abusos y experiencias traumáticas que ayudan a entender su historia.

Su caso ha pasado a formar parte de la cultura popular estadounidense y la comida también contribuye a construir su retrato: la pizza aparece vinculada a una fecha señalada de su vida y el pollo frito de KFC, a su última cena antes de morir por inyección letal. Dos platos cotidianos para una historia que ha trascendido sus propios crímenes.