En 1989, Carmen Hernández y Manuel Curto tomaron una decisión poco convencional: dejaron atrás sus respectivas profesiones para poner en marcha una empresa de ibéricos. Él trabajaba en banca; ella era profesora de Clásicas. Los dos, sin embargo, tenían algo en común: procedían de familias vinculadas a la ganadería salmantina y al jamón ibérico, ya que Carmen es hija de un productor ibérico, y llevaban tiempo dando vueltas a la idea de crear su propio negocio.
Así nació Ibéricos Montellano, una empresa familiar que casi cuatro décadas después continúa en manos de la familia Curto Hernández y mantiene buena parte de los principios con los que empezó.
Hoy, la segunda generación ya está incorporada al negocio. Carmen Curto Hernández está al frente de la comunicación y los recursos humanos, mientras que su hermano Manuel Curto dirige el área de ventas. Su madre, Carmen Hernández, continúa vinculada a la empresa como directora de calidad y mantiene la última palabra en una de las áreas que la familia considera fundamentales: el control del producto desde el campo hasta el secadero.

Del campo al secadero
En Ibéricos Montellano, el proceso empieza mucho antes de que un jamón llegue a una tienda. La alimentación y el cuidado de los animales, la selección de las piezas y el proceso de curación forman parte de una cadena en la que la empresa ha mantenido métodos tradicionales de sus orígenes, incorporando también tecnología a determinadas fases del proceso.
La compañía apuesta, además, por una producción limitada, una decisión que, según explican, busca priorizar el control sobre cada pieza frente a un modelo basado en aumentar el volumen.
Su catálogo incluye productos de bellota, cebo de campo y cebo, en función de la alimentación que recibe el cerdo y novedades más recientes y atrevidas, como su salchichón ibérico trufado. Entre sus referencias más destacadas se encuentra «El Elegido«, su jamón ibérico de bellota, que en 2023 recibió tres estrellas en los Great Taste Awards, celebrados en Londres. Manuel Curto lo resumía así: «Es un jamón que, más que gustar, hace feliz a quien lo come».


El relevo generacional es hoy una de las realidades de Ibéricos Montellano. Los hijos de los fundadores han asumido distintas responsabilidades dentro de la compañía, mientras su madre continúan formando parte de la estructura del negocio. Un modelo que permite mantener una línea de trabajo iniciada hace casi 40 años, pero también incorporar nuevas áreas y perfiles a una empresa que ha ido ampliando su actividad.
Asimismo, hay otra parte de la historia familiar que ha marcado el rumbo de la compañía en los últimos años.
Manuel Curto falleció hace cuatro años a causa de la ELA (esclerosis lateral amiotrófica). Y, desde entonces, la familia ha vinculado parte de su actividad a iniciativas relacionadas con la investigación de esta enfermedad.
El pasado febrero, Ibéricos Montellano presentó junto al maestro cortador Florencio Sanchidrián, embajador mundial del jamón ibérico por la Academia Internacional de Gastronomía, una edición especial de su jamón de bellota 100 % ibérico Supreme Signature. Se trata de una serie limitada a seis piezas cuyos beneficios se destinarán a la Fundación Española para el Fomento de la Investigación de la Esclerosis Lateral Amiotrófica.

Casi cuatro décadas después de aquel salto al vacío de Carmen Hernández y Manuel Curto, la empresa continúa siendo un negocio familiar. La diferencia es que ahora son sus hijos quienes participan en la siguiente etapa de una historia que comenzó con una decisión tan sencilla —y arriesgada— como cambiar de profesión para dedicarse al ibérico.