«Tu leyenda ahora comienza. Tus vinos seguirán tu estrella. Nosotros aprenderemos de tu resistencia, clarividencia y bondad». Con estas palabras, Pitu Roca, una de las voces más influyentes del mundo del vino en España, ha hecho público su pésame —y en gran parte el de toda una comunidad— por la triste pérdida de Benjamín Romeo. Es solo uno de los numerosos mensajes de cariño que sumilleres, enólogos, bodegueros y enamorados del mundo del vino han lanzado, este lunes 17 de agosto, tras conocer el fallecimiento del fundador de Bodegas Contador.
Referente e impulsor de esa Rioja que está al abrigo de San Vicente de la Sonsierra y que sedujo a todas las grandes guías internacionales del vino, Romeo no ha podido superar una larga enfermedad. «Admirado, querido y eterno», resume Ferran Centelles, exsumiller de elBulli y hoy catador para Jancis Robinson en España. Hace solo unas semanas que compartía junto con él y con otros de la talla de Luis Gutiérrez, Quim Vila y el propio sumiller de El Celler de Can Roca una cata vertical histórica de once añadas de Contador. Lo hizo en Etxebarri, con Bittor Arginzoniz y Mohamed Benabdallah entregados a la causa.

Hijo, nieto y bisnieto de viticultores, Romeo heredó una larga tradición vinícola que supo transformar en un proyecto propio y radicalmente personal. En 1995 adquirió una antigua cueva excavada bajo el castillo de San Vicente de la Sonsierra, y desde el 2001 amplió horizontes desde los bajos de la casa de sus padres (eso sí que fue un gran ‘garage wine’). Allí, en 1996, nació La Cueva del Contador; tres años después llegaría Contador, el vino que lo convertiría en referencia internacional. Después llegaría su moderna bodega, discreta como él e integrada en ese paisaje que tanto respetó y cuidó, obra del arquitecto Héctor Herrera.
Todos los que le conocían y quienes apostaron por su forma de entender el territorio recuerdan hoy el espaldarazo definitivo que su visionario proyecto dio a Rioja. Vinos nuevos como Alma de Contador —que dedicó a su hija menor— han sido de las pocas referencias españolas en lograr entrar en la prestigiosa Place de Burdeos. Ahí quedan sus obras, todas importantes, todas con su sello: desde ‘Predicador’ o ‘La Viña de Andrés Romeo’ a ‘La Cueva del Contador’, pasando por ese verso libre que fue ‘A mi manera’ y ese canto a la garnacha blanca de ‘Qué bonito cacareaba’, presente en las grandes mesas de este país y, sobre todo, en las internacionales, donde la bodega ha llegado a exportar el 75% de su producción.
El propio Benjamín se quitaba mérito ese reconocimiento le llegó con las añadas míticas de 2004 y 2005 de Contador, ambas merecedoras de los 100 puntos de Robert Parker: un hito histórico, y consecutivo (solo él lo ha logrado en España), que catapultó su nombre —y el de San Vicente de la Sonsierra— a la cúspide de la viticultura mundial. Detrás de aquel éxito internacional había, sin embargo, una filosofía muy concreta: Romeo entendió cada parcela como un territorio único, apostó por trabajar cada una de ellas respetando sus singularidades y por la calidad extrema de la uva antes que por los grandes volúmenes. Siempre mandó la tierra antes que su mano para que cada vino tuviera ese preciado bien que tiende a extinguirse: personalidad.