Cada año en San Isidro, las chulapas tienen que pensar bien qué color de clavel portar: blancos significa soltera, rojos que estás casada y ambos, que estás prometida o en pareja. Aunque, para qué engañarnos, a cualquiera le sienta bien un buen rojo castizo, independientemente del estado sentimental. Pero en estas fiestas madrileñas, a los foodies no solo importan los colores del mantón o los claveles; también los de las rosquillas. Doradas en el caso de las tontas, amarillas y brillantes las listas, blancas e impecables las de Santa Clara y tostadas con almendra las francesas. Porque en San Isidro, el dulce también va por tonalidades y nos gustan todas.
Aunque todas parten de una misma base elaborada con huevos, azúcar, aceite y harina, cada variedad tiene su propio sabor y personalidad. Esta diversidad ha sido muy bien acogida por la tradición castiza, que hace tiempo dejó de conformarse únicamente con azúcar, anís y limón para abrirse a nuevos matices, sabores y colores. A las versiones más clásicas -las tontas, más sencillas y tostadas; las listas, bañadas en almíbar y glaseado de limón; las de Santa Clara, cubiertas de merengue; y las francesas, rematadas con almendra- se les han ido sumando reinterpretaciones cada vez más innovadoras y únicas.
Violeta y bendita rosquilla
En el caso de Viena Capellanes, que además de mantener sus recetas tradicionales, vuelve a apostar por sus rosquillas más innovadoras, como la ya famosa Rosquilla de Violeta, una edición limitada inspirada en el icónico caramelo madrileño. La receta mantiene la base de las rosquillas de Santa Clara, pero incorpora una infusión de violeta en el merengue y pequeños trozos de caramelo. ¿Podría una rosquilla ser más madrileña?
La fiebre del matcha glasea San Isidro
La epidemia verde del matcha ha llegado hasta la tradición más castiza. El chef Yong Wu Nagahira, en Ikigai Velázquez, ha reinterpretado las rosquillas de Santa Clara con sabores japoneses como el yuzu y el matcha. El primero aporta un toque cítrico y fresco a la masa, mientras que el segundo transforma el tradicional merengue en una cobertura con un ligero amargor que equilibra el conjunto sin perder la esencia del dulce castizo. No encontrarás una rosquilla más Gen Z.
A estas nuevas versiones se suman otras propuestas contemporáneas con ingredientes como pistacho, frambuesa, madroño o caramelo. Porque en Madrid, incluso las rosquillas de San Isidro han entendido que se puede mantener la tradición… sin renunciar a ponerse más guapas y modernas.