¿Cabe una denominación de origen protegida en una lata? Claro que sí, y en todo su esplendor. Las conservas de Mejillón de Galicia no tienen rival para quienes disfrutan del fruto de la batea. Y otra duda: ¿es posible comer slow food con cinco minutos de preparación? La respuesta vuelve a ser afirmativa, y tiene como protagonista al mismo y familiar envase, la lata, en este caso atesorando un delicioso cassoulet del Languedoc que hizo “chop-chop” durante horas antes de reposar enlatado.
Así, hay un gesto que repiten los españoles, y es el de destapar una lata de pescado y moluscos. En 2024, cada uno consumió algo más de 4 kilos, el 0,8% más que en 2023. Entre sus variedades, las campeonas son las latas de atún, sardinas y chicharro-caballa, seguidas de mejillones y berberechos, según arroja el último Informe del Consumo Alimentario en España 2024, un estudio que recoge que el lugar de consumo más habitual es el hogar, pero advierte de su creciente popularidad en la barra del bar.
“El gran superpoder de la lata es concentrar sabor, tradición y conveniencia en un formato perfecto”, explica Eduardo Gómez, CEO de Hermanos Vinagre, una red de tabernas castizas de tapas y aperitivos que cuenta con cinco establecimientos en Madrid, a los que espera sumar cuatro más antes de que finalice el año. Para Gómez, “la lata ofrece autenticidad, calidad percibida por el consumidor, sostenibilidad por su larga vida y por generar menos desperdicio, y gran versatilidad, tanto para la cocina tradicional como la gastronomía moderna. La lata nunca ha pasado de moda… pero ahora, además, es cool, porque une tradición, más producto y simplicidad bien ejecutada”.
Del frente de batalla al museo
Unos valores que la conserva defiende desde su mismo origen, por cierto, de un rico anecdotario que lleva de la Francia de Napoleón al Reino Unido de Jorge III. Durante la sangrienta toma a bayoneta de Europa por las huestes napoleónicas, Bonaparte fue consciente de que las bajas en el frente de batalla amenazaban tanto sus planes, como las muertes relacionadas con la mala alimentación de la soldadesca. Para solucionarlo, se convocó un concurso en busca de un método de conservación de las provisiones más nutritivas.
El confitero y destilador Nicolas Appert (1749- 1841) se llevó los 12.000 francos de premio por su envasado en botellas de vidrio, que selladas con corcho y alambre se sumergían en agua hirviendo durante 12 horas. Este avance inauguró las técnicas de conservación de alimentos por calor.
El descubrimiento viajó de inmediato al otro lado del Canal de la Mancha. Y, ese mismo año, durante el reinado de Jorge III, el comerciante Peter Durand (1766-1822) registraba la “patente 3372”, que ha pasado a la historia por utilizar la lata de hierro cubierta de estaño como método de conservación para vegetales o carne. Finalmente, el negocio recayó en dos empresarios de la fundición de hierro, Brian Donkinn y John Hall, que para 1818 vendían hasta 24.000 latas de ali- mentos a la Marina Real.
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