De Georgia sabía muy poco. Probablemente, hasta la semana pasada, nunca había sentido la necesidad de investigar demasiado sobre este país. Mi conocimiento se limitaba a Tiflis, al cañón de Martvili y a Kvicha Kvaratskhelia. Pero entonces entré en Persimmon’s (C/ de Bárbara de Braganza, 2).
Y bastó una cena.
Salí del local con el estómago lleno y el paladar todavía en estado de gracia, volví a casa con una curiosidad inesperada: empecé a leer sobre la gastronomía georgiana, sus tradiciones, su historia y la identidad de un país que, hasta ese momento, me resultaba lejano y casi desconocido.
Eso es precisamente lo que puede hacer la comida cuando alcanza cierto nivel: acercar culturas, despertar preguntas, inspirar conversaciones y generar el deseo genuino de descubrir un mundo nuevo.
Persimmons consigue exactamente eso. No es solo un restaurante donde se come bien; es un lugar capaz de transportar al cliente a otro universo a través del gusto, los aromas y la atmósfera. Hay una elegancia silenciosa en su propuesta, una manera muy sutil de acercarte a Georgia sin salir del centro de Madrid. Durante unas horas, uno siente que viaja sin moverse de la mesa: descubre sabores desconocidos, percibe el peso de la tradición y entiende cómo la cocina puede convertirse también en una forma de contar un país.
Para empezar, nos dieron la bienvenida con un cóctel elaborado a base de chacha, un destilado tradicional georgiano obtenido de las pieles y restos de la uva, muy similar a la grappa italiana. Y es precisamente ahí donde comienza realmente la experiencia: desde el primer sorbo, Persimmons deja claro que su propuesta es con un inicio elegante, cálido y con mucha personalidad, capaz de preparar el paladar, y también la curiosidad, para todo lo que viene después.

La cocina de Persimmons encuentra el equilibrio perfecto entre tradición y sofisticación, con platos donde cada ingrediente tiene intención y personalidad. El Badrijani Nigvzit abre el recorrido con una combinación profundamente aromática: la suavidad de la berenjena envuelve una pasta de nueces especiada, intensa y ligeramente terrosa, mientras la salsa de granada aporta un contraste fresco y ácido que limpia el paladar.
Después llega uno de los platos más memorables de la noche, el Khachapuri en brocheta, una reinterpretación brillante del clásico georgiano: el pan tostado a la brasa, los tres quesos fundidos, la mantequilla ahumada y la yema cremosa crean una mezcla golosa, untuosa y absolutamente adictiva. Nunca habría imaginado que un pan pudiera llegar a ser tan elaborado y, al mismo tiempo, tan escandalosamente delicioso. Casi imposible de dejar de comer: aviso serio, puede convertirse fácilmente en una adicción.
El pulpo a la brasa destaca por su cocción impecable y por el contraste con el gomi, una crema de maíz delicada y reconfortante, elevada por la intensidad especiada y picante de la salsa adjika. Y para cerrar, la entraña de ternera confirma el nivel de la cocina: carne jugosa, potente en sabor y trabajada con una precisión que permite que el producto hable por sí solo. Todo en Persimmon’s transmite técnica, sensibilidad y una comprensión muy fina del equilibrio entre profundidad, fuego y especias.
Persimmon’s no solo destaca por su cocina, sino también por la atmósfera que consigue crear alrededor de ella. El espacio combina elegancia y calidez con una naturalidad poco común: iluminación tenue, materiales nobles y una estética cuidada que invita a quedarse mucho más tiempo del previsto. La librería aporta un aire íntimo y casi doméstico, mientras que la barra de cócteles se convierte, conforme avanza la noche, en otro de los grandes protagonistas del lugar. La música sube ligeramente, el ambiente se transforma y el restaurante adopta una energía distinta, más vibrante y sofisticada, sin perder nunca la sensación de cercanía.
Persimmon’s consigue algo difícil: ser un sitio donde se come extraordinariamente bien, pero también un lugar al que uno quiere volver simplemente por cómo le hace sentir.