Hay restaurantes que cambian el menú con la estación. Y hay otros —mucho menos frecuentes— que cambian la forma de mirar el producto. Playing Solo pertenece a esta segunda categoría.
Con la llegada de la primavera, el proyecto de Luis Caballero presenta una nueva propuesta que no busca deslumbrar desde el exceso, sino desde la precisión. Un menú que se construye como un relato íntimo, donde cada pase parece pensado más para ser escuchado que para ser explicado. Porque aquí la cocina no se impone. Dialoga.
La base sigue siendo la misma: una sensibilidad profundamente influida por el kaiseki japonés, donde la temporalidad no es una excusa estética, sino el eje de todo. Pero en esta nueva edición, la primavera se aleja de los clichés de ligereza para mostrar también su lado más envolvente. Más profundo.
El recorrido arranca con la huerta como protagonista. Espárragos, habitas, matices vegetales que no buscan ser frescos sin más, sino complejos. Desde ese primer gesto, el menú deja claro que aquí el producto no se exhibe: se interpreta.


A partir de ahí, la experiencia se mueve entre dos mundos que en Playing Solo conviven con naturalidad: la técnica japonesa y el imaginario europeo. El dashi y el shiitake dialogan con raíces como el apionabo o la remolacha, en una cocina que no necesita etiquetarse porque encuentra su coherencia en la ejecución.
Hay platos que definen la casa y que vuelven como quien regresa a un lugar conocido. Las lentejas con foie y sansho, por ejemplo, siguen siendo uno de esos puntos de anclaje que dan sentido al conjunto: un plato que podría parecer rotundo, pero que aquí se expresa con equilibrio.
En los principales, la cocina se despliega con más intensidad, pero sin perder la línea. La merluza en tempura, delicada y precisa, convive con un trabajo más amplio sobre el pato, tratado desde una lógica casi integral. No hay desperdicio, pero tampoco artificio: cada parte encuentra su lugar en el discurso.
Y luego están los detalles que sostienen todo lo demás. El pan hecho en casa, los condimentos, los pequeños gestos que, lejos de ser secundarios, terminan de definir la experiencia. Quizá una de las decisiones más interesantes de esta temporada esté fuera del plato.

El restaurante introduce un maridaje sin alcohol que no funciona como alternativa, sino como propuesta en sí misma. Kombuchas y mocktails elaborados en casa que dialogan con el menú desde la misma precisión que los vinos o los sakes. Un gesto que conecta con una tendencia creciente, pero que aquí no se siente como concesión, sino como evolución natural del concepto. Porque Playing Solo no sigue la tendencia. La incorpora cuando tiene sentido.
Todo sucede, además, en un espacio reducido, casi contenido. Una barra, pocos comensales, y el propio Luis Caballero cocinando, sirviendo y explicando. No hay distancia entre cocina y sala, ni entre quien crea y quien recibe. Esa cercanía no es un recurso: es parte esencial del proyecto.
En un momento en el que la alta cocina tiende a amplificarse, Playing Solo apuesta por lo contrario. Por lo pequeño. Por lo controlado. Por lo que no necesita elevar la voz para ser recordado. La primavera, aquí, no entra en tromba. Se deja descubrir.