Opinión Salvador Sostres

Zino, de Michel Almairac para Davidoff. La seducción culta

Michel Almairac será siempre para mí el autor de Le Voleur de Roses, para L’Artisan Parfumeur, otro de esos perfumes de finales de siglo pasado (1993) que me dejó sin palabras y al que sucumbí por una larga temporada. Además, cuando yo lo descubrí, en 2001, tenía el romanticismo añadido de que no se encontraba en España y las ciudades tenían el aliciente de los perfumes que sólo podías comprar en cada una de ellas. Por la mañana, la ruta de perfumerías, por la noche la de los restaurantes. Ahora puedo ir al Corte Inglés de plaza Cataluña -en Diagonal no tienen L’Artisan- o comprarlo por internet, y aprecio el progreso, pero ir a París se ha vuelto menos emocionante, me interesa menos, lo único que en verdad me importa es poder ir al Hemingway precisamente porque no he tenido ocasión de quemarlo en Barcelona. La globalización es cómoda pero la comodidad nos ha dejado un romanticismo de chándal y centro comercial.

Almairac, además de crear Le voleur de Roses, una rosa escondida detrás de una ciruela, y de arruinar mi pobre economía de aquellos años ha creado algunos de los perfumes más geniales de todos los tiempos. Jil Sander Nº4 es la mejor definición de la mujer poderosa; Farenheit, de Dior, además de ser el perfume de mi querido Víctor Manuel, es una fragancia que ha marcado a generaciones y que estés dónde estés, siempre la reconoces si alguien la lleva, y te remite a los momentos más felices de tu vida. Mi última experiencia en este sentido fue con Daniel García Párraga, el director de operaciones zoológicas en el Oceanogràfic de Valencia. Justo cuando me estaba haciendo uno de los regalos más extraordinarios de mi vida, que es dejarme tocar una ballena beluga, me di cuenta de que llevaba Fahrenheit. No quise estropear aquel momento mágico pero antes de despedirnos, casi en la salida, no pude evitar decírselo y nos miramos con la cara de los que sabemos distinguir una obra eterna.

Sin ser tal vez tan popular, sobre todo hoy, hay un perfume de don Michel que eleva su obra al Olimpo y lo convierte en uno de los grandes de la perfumería de todos los tiempos. Es Zino, para Davidoff, una fragancia de la familia olfativa oriental amaderada. Se lanzó en 1986. Las notas de salida son palo de rosa de Brasil, lavanda, esclarea y bergamota; las notas de corazón, rosa, geranio, jazmín y lirio de los valles (muguete); las de fondo, pachulí, sándalo, vainilla y cedro.

Inicio eufórico de palo de rosa y lavanda, con un toque cítrico, pero toque y no más. En el secado tienen más importancia las flores y las maderas, dejando una huella elegante, de una belleza conmovedora. Zino huele a época dorada, a masculinidad sin artificios y a seducción culta. No es fácil ni juvenil, pero si lo entiendes, te puede dar algo que muy pocos perfumes modernos ofrecen: alma. Dicho esto, que es muy importante, tras su cordialidad y prestancia tiene un camino oscuro. Contenido pero oscuro, misterioso, y no me refiero a los inciensos ni al oud, sino a algo latente y sutil más allá de la percepción general que te atrae y te lleva a un mundo distinto del que crees que conoces. Zino no te deja en paz, pero no por exceso, sino porque no dejas de perseguirlo. Cada vez que te llega el rastro de tu propio olor dejas de pensar en lo que hacías para oler y tratar de resolver el misterio que te envuelve.

Zino es un perfume que requiere personalidad para llevarlo, temple, haber pensado antes, saber lo que esperas de la vida y entender que por los caminos convencionales no vas a lograrlo. Al no estar de moda, el precio es de derribo. En Notino, puedes encontrar el frasco de 125 ml por 20 euros más 4 de envío.