A esa pregunta tan socorrida para entablar conversación de “¿con quién te gustaría disfrutar de una cena?”, hay pocas respuestas tan sugerentes como la de Winston Churchill. Si compartir mesa con otros grandes estadistas puede dar ya para un buen anecdotario, en el caso del líder británico juega también a su favor que además de un gran diplomático también fue un verdadero artista en el difícil arte de hacer política a mesa y mantel.

No sólo era un entregado amante de la comida, sino también de la bebida y del tabaco, y en esas tres áreas fue siempre un gran especialista, un verdadero bon vivant. Pero más allá de su exquisito gusto y sus exigencias a la hora de consumir unos u otros productos, lo realmente fascinante en el caso de Churchill era su capacidad para convertir comidas y especialmente cenas en certeras armas políticas.

El premier británico gozaba de un buen puñado de virtudes y todas ellas las iba desplegando ante sus compañeros de velada -según lo requería la situación- para metérselos en el bolsillo. Cuando no había oportunidad de cerrar una reunión con algún destacado funcionario público, un almuerzo o una cena solucionaba la cuestión, ofreciendo por otro lado la oportunidad de abordar asuntos de alta relevancia sin la indiscreta presencia de registros oficiales, actas de comités o cualquier otra clase de constancia oficial.

Un apetito voraz

Si, como dijo Napoleón, “un ejército se mueve por su estómago”, desde luego Winston Churchill fue un abnegado seguidor de esa máxima: durante los seis años que duró la Segunda Guerra Mundial se aseguró de que no faltara nunca un buen solomillo Wellington en su plato, acompañado por una copa de brandy de 1870.

Las historias sobre su apetito voraz y su insaciable sed cruzaron el Canal de la Mancha hasta sacar de quicio a un Hitler obsesionado con el estilo de vida disoluto de su archienemigo. “Borracho enfermo”, “borracho chiflado” o “whisky con patas” eran algunos de los calificativos que el enclenque Führer le dedicaba al orondo premier británico. Incluso el propio Goebbels aprovechaba lo que consideraba que eran las grandes ‘debilidades morales’ de su adversario para lanzar campañas de desprestigio que no hacían más que inspirar las sonrisas de los británicos.

Y es que las bromas en las calles de Londres sobre la capacidad del primer ministro para beber grandes cantidades de brandy y whisky sin apenas resentirse de ello eran ya comunes a mediados del guerra. También se comentaba que, pese a ser un gran diplomático, Churchill era poco amigo de protocolos. En desayunos, almuerzos, comidas campestres o cenas, fuesen quienes fuesen los otros invitados, ignoraba por completo la regla habitual de evitar hablar de política; más bien al contrario, terminaba convirtiendo esas veladas en auténticos seminarios de intercambio de información, casi cumbres internacionales, en las que los análisis de alta política se intercambiaban con la misma ligereza que los más suculentos cotilleos.

El ‘rojo’ insalvable

Tanto el biógrafo definitivo de Churchill, Sir Martin Gilbert, como otros autores que se han acercado a su figura, han incidido en las técnicas utilizadas por el estadista para seducir e incluso persuadir a otros con el fin de que aceptaran su visión estratégica sobre la necesidad de presentar batalla a Hitler, y muchas de aquellas ‘conquistas’ tuvieron lugar sentados a una mesa.

Fue a lo largo de varias cenas en Washington como Churchill logró convencer a Franklin Roosevelt tras el bombardeo de Pearl Harbor de que Estados Unidos debía ayudar a vencer a los nazis en Europa para poder, más tarde, tener un éxito seguro ante un Japón sin aliados. Por aquellos días de 1941, las tropas británicas sobrellevaban la mayor carga de resistencia ante Hitler en Europa, mientras que Estados Unidos aún no había desplegado un solo soldado.

De igual modo, aprovechó la ocasión de una reunión privada con Joseph Stalin para sugerir la división de esferas de influencia en Europa, lo que que salvó a Grecia de caer bajo la red del comunismo, aunque no logró convencerlo de ceder los territorios que el Ejército Rojo había liberado en Europa del Este. En ese sentido, Rusia fue siempre el asunto de Estado que se le resistió, pues tampoco consiguió –durante otra cena– que Eisenhower aceptara, tras la muerte de Stalin, intentar llegar a un acuerdo con los soviéticos para evitar la división de Europa.

Sí que logró, por el contrario, durante un desayuno en Fulton (Missouri), en marzo de 1946, que Truman aceptara una serie de planteamientos en materia de política internacional que reflejaban la concepción que Churchill tenía en mente de la situación geopolítica de posguerra. A cambio, y horas después, el británico subió al estrado del Westminster College y pronunció uno de los discursos más importantes del siglo XX, en el que consagró el concepto de ‘telón de acero’, encendiendo la luz roja de la guerra fría.

Política en delantal

Para Churchill, las comidas y cenas podían ser un lugar idóneo para negociar o para conocer más a fondo a aquellos personajes con los que le tocaría vérselas en público más adelante.

Ya antes de la guerra dio varios ejemplos de sus dotes de estratega sobre el mantel. En 1935, cuando llevaba seis años fuera de la alta política, planeó su regreso con un golpe de efecto alrededor del conflicto que se vivía en la India. Días antes de la votación de un controvertido proyecto de ley en el Parlamento, organizó en Claridge’s una comida para más de cincuenta parlamentarios que pagó de su propio bolsillo. Convenció a los asistentespero perdieron la votación.

Sin embargo, no se dio por vencido. Aprovechando una visita a Londres de G.D. Birla, unode los grandes partidarios de Ghandi, Churchill lo invitó a una comida, a modo de ‘gesto de reconciliación’, en Chartwell, su adorada casa de campo. El británico lo recibió con unas tijeras de podar en la mano y el delantal de jardinero ajustado a la cintura. Con él se sentó a la mesa, y no se lo quitó durante todo el encuentro. Birla volvió encantado a la India y le dijo a Gandhi que su encuentro con Winston Churchill había sido una de las experiencias más agradables vividas en Gran Bretaña.

Cita en Buckingham

Apenas alcanzó su puesto como primer ministro; Churchill fue informado de que debía acudir semanalmente a Buckingham para informar al rey sobre la actualidad de los asuntos de mayor relevancia política. Churchill aceptó, por supuesto, pero pidió que la audiencia se convirtiera en un almuerzo semanal. Aquellos encuentros, buffets clásicos a los que solo podían acceder dos camareros, fueron cimentando poco a poco la confianza entre el político y el soberano.

En uno de aquellos almuerzos, el rey sorprendió al primer ministro sirviéndole un vino francés especial de 1941, y no consiguió que le revelara cómo pudo obtener una botella desde el otro lado de las líneas enemigas. Aparte, la señora Churchill recordaría años después que, en una cena con los reyes, su marido intentó “interferir con el menú”, aunque pudo detenerlo cuando ya estaba en la cocina dando instrucciones al servicio.

*Artículo publicado originariamente en TAPAS nº 47, octubre 2019.
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