Nombres propios

Fito: «Sin los bares yo no sería nada»

Charlamos con el músico sobre sus orígenes tabernarios, sobre cómo cocinar canciones y sobre su nuevo disco, que presenta este viernes: 'Cada vez cadáver'.
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Foto: Danniel Rojas

 Si hay un aroma que a Adolfo ‘Fito’ Cabrales (Bilbao, 1966) le gusta, por encima de todos, es el del café. El café de la mañana para él es su despertador, pero también un disparador proustiano que le retrotrae a su infancia y a la cocina familiar donde empezaba, cada día, con una taza de café con leche. De aquel espacio donde no sólo se comía, sino en el que transcurría la vida entera, confiesa, a él le ha dejado una costumbre que mantiene a día de hoy: la cocina es el lugar donde escribe. Un café, papel y bolígrafo para concitar la magia de las palabras, para espantar los demonios, para jugar con la musicalidad de las ideas. La cocina es el lugar donde empieza todo. 

“Creo que, al menos los de mi generación, hemos crecido en una cocina. Es donde se hacía todo: desayunar, comer, los deberes… El hogar está ahí, más que en una sala o un dormitorio”, señala Fito. “Al principio era el sitio donde podía estar cuando los demás dormían, pero es algo que con el tiempo he interiorizado y donde escribo siempre es en la cocina. Y lo que sucedió por necesidad ahora es una costumbre”. Hoy Fito vive en una casa en Gernika (“la compré sólo por tener un local de ensayo, puedo tocar, es más cómodo…

Pero cuando quiero escribir, sólo necesito un bolígrafo y papel, todo lo demás sobra”), pero esta conversación tiene lugar en un hotel madrileño (el Riu Plaza España) –en el que dice que, por suerte, disponía de cafetera en su habitación, porque para un madrugador como él es esencial para empezar bien el día–. Este músico, cantante y compositor viene a hablar de su nuevo trabajo: Cada vez cadáver, su primer álbum de estudio en siete años.

Diez canciones de las que firma nueve (en cada disco tiene la costumbre de incluir una versión de otro artista; en este caso, Transporte, de Jorge Drexler) con letras que, esta vez, transitan por un territorio más sombrío pero que destellan con su inconfundible impronta rocanrolera. Casi todas, eso sí, cuentan algo de su vida, porque de eso va Fito y sus canciones, de él mismo. Y aquí van algunas:

‘Las palabras arden’

Tuve media vida para equivocarme

y ahora estoy sentado en medio del camino

Al cantar no sé si quiero confesarme

o me da lo mismo

Fito cumple este 6 de octubre 55 años. Tiempo más que suficiente para sentirse “en medio del camino” y hacer algún repaso de una singular trayectoria en la que las cocinas siempre han estado presentes. “Mi primera guitarra eléctrica, en la cocina de casa, con todos aquellos azulejos y sin enchufar, sonaba de maravilla. Una cocina es el anti estudio, porque todo es reflexión de sonido, brillantez, pero para componer, que tocas y cantas bajito, funciona. Me encanta, sobre todo, a las tres de la mañana, cuando todos duermen”.

En ese espacio musicalmente nítido es donde a él le vienen las ideas. Un lugar donde después se cocinarán otros manjares, para degustar y recordar. Como los platos que su madre, de origen gallego y con buena mano en los fogones, prepara cuando va a visitarlos, por ejemplo, en Navidades. “Ella es de las que se mete en la cocina a las siete de la mañana, ¡en mi casa nunca huele tanto a comida! Y me gusta, porque una casa en la que nunca huele a comida está como muerta”, y estalla en carcajadas.

La vida de Fito comienza cada día casi al amanecer. “Desde hace unos años, me levanto muy pronto”, asegura. “Antes vivía de noche, pero ya no. Desde que no salgo, no bebo y no me drogo, madrugo. Bueno, eso y que mi niña de seis años tiene que ir al colegio”, aclara refiriéndose a su hija Marisa, al que él llama cariñosamente “Coyote”. De sus otros dos hijos, de una relación anterior, Guillermo (23 años) y Diego (18), dice que ya vuelan solos. “Con mi hija digamos que volví a recuperar el hábito de madrugar. Y, salvo que esté de gira, cada día me levanto a las 6.30 horas para que me dé tiempo a todo, incluso a tocar. Y después soy el que prepara el desayuno a las chicas”, dice.

Fito hace repaso de su horarios, y aún en ocasiones parece sorprenderse de esta su “nueva vida”. Cuando dejó atrás sus malos hábitos –pasó años enredado con las drogas y el alcohol–, todo cambió. “Yo no dejo la droga sin más. Siempre hay una causa. Y en mi caso, una razón importante fue mi hija. Un día me dije: ‘Hostia, necesito la energía de antes y ya no la tengo’. Con 20 años estás bien todo el rato, te tomas un bocadillo de bacon con queso y recargas la batería. Pero hoy, si paso un día sin dormir, necesito tres para recuperarme. Necesito estar bien, ser padre mayor de una niñita preciosa te pone las pilas”. 

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Foto: Danniel Rojas

‘En el barro’

Todo se hizo tan grande y yo soy tan pequeño

Nada es tan importante

Tampoco sólo un juego

No eliges lo que sale

No hay cura ni remedio 

A veces sólo el hambre

puede quitarte el miedo

“Yo nunca fui buen estudiante”, confiesa Fito, que se matriculó en una FP de mecánica, pero ni siquiera se presentó a los exámenes. Él formaba parte de una generación de clase trabajadora criada bajo otros preceptos. “Ninguno de mi cuadrilla pensábamos en la universidad. Con 16 años sólo quería un trabajo. Y era muy fácil encontrarlo, aunque fuera una mierda de curro. Y si no te gustaba, sabías que a la semana encontrarías otra mierda de trabajo. Pero así tenías dinero”.

En este punto hay que aclarar que los padres de Fito dedicaron su vida a la hostelería y que, antes de divorciarse, se trasladaron a Laredo cuando él tenía 10 años. Entre los diversos negocios que tuvieron, su padre llevaba un prostíbulo en el barrio chino de Bilbao, y aunque Fito nunca habló con él del motivo de aquel traslado sospecha que al ver crecer a sus dos hijos debió pensar que era mejor mantenerlos a distancia de aquel negocio: “Ya en Laredo recuerdo bajar del autobús siendo un niño e irme directo al bar. Mis padres entonces tenían una cosa que hoy sería increíble: una pastelería-pub, el Neskita. Imagínate, ¡eso no se ha vuelto a ver!”, dice riéndose. “En la entrada del local estaba la confitería, pero no hacíamos nosotros los pasteles, venían de un obrador de Castro Urdiales que era muy bueno. Pero si seguías, al fondo estaba el pub. Era galáctico, con unos sofás muy chulos, una iluminación especial dirigida a los cuadros… aquello no existía. Vaya, muy vintage. Con 14 o 15 años, mi hermano y yo vivíamos aquello como algo muy natural y mis padres también, de manera natural, nos pusieron enseguida a echar una mano. Por ejemplo, hacer botelleros”, y explica cómo iban al almacén de al lado a colocar botellas en las miles de cajas que allí se apilaban y que, para un niño, eran como montañas. 

Poco después, continúa, se fueron familiarizando cada vez más con el oficio, ocupándose de la cafetera y realizando otros pequeños trabajos: “Allí aprendí mucho. Es más, a mí me gustaba, incluso pensé que acabaría dedicándome a eso”.

‘Quiero gritar’

Nunca tendrás suficiente 

te matará la avaricia 

creo que te mereces 

todo lo que no necesitas 

Con 18 años, Fito cumplió su servicio militar y, al regresar, el panorama familiar había cambiado: “Mi madre había dejado los bares que había tenido, y estaba trabajando de camarera. Mira, de tener un bar de la hostia, acabó mal vendiéndolo, se fue a Málaga y montó otro, pero también le salió fatal”, lamenta. Su padre, ya retirado, había traspasado el viejo prostíbulo de Bilbao, Palanca 34, a uno de los camareros que había trabajado años con él. Según Fito, el local “estaba de puta madre”.

“El caso es que me llamó mi aita y me preguntó si quería trabajar allí en verano, porque un camarero se iba de vacaciones, y que me iban a pagar ¡90.000 pesetas!”. Aquella cantidad, pensó él, le venía de perlas. Tenía guitarra, pero le faltaba un ampli. “Enseguida dije: allá que voy. Y me quedé tres años”.

Tres años en la barra de un local de alterne podrían arrojar más de mil historias, aunque el cantante, que ya empezaba a dar sus primeros conciertos con Platero y Tú, quiere romper una lanza en contra de los tópicos de aquel ambiente: “Tenía 19 años y reconozco que el primer día iba acojonado. Pero nunca he tenido un trabajo de tanta responsabilidad. Iba siempre bien vestido, allí tenía que estar todo impoluto. Y yo, acostumbrado a los precios de los bares que frecuentaba, hasta me daba vergüenza cobrar lo que se cobraba. Eso sí, era un mundo totalmente diferente al que estaba acostumbrado, trataba con gente muy variada, y era el más joven de todos. Si hasta las chicas, que eran todas españolas, eran mayores que yo”, recuerda. 

A ellas se refiere como “la de Sevilla, la de Barcelona…”, habla de ellas con cariño, porque le trataban como a un hermano. “Me enseñaron a hacer el nudo de la corbata, me daban consejos de trabajo”, continúa. “Desde luego aquello no era lo que yo pensaba de la prostitución. Yo no veía chulos. Ellas trabajaban y tenían claras muchas cosas. Y entre la parroquia, recuerda a gente de lo más variopinto, pero nada que ver con la imagen que el cine o la literatura arrojaba: “Por ahí pasaba uno que vendía joyas, otro que era prestamista. Tampoco veía chulos… a veces quien le reclamaba a las chicas dinero era la propia familia. Todo aquello era mucho más normal de lo que cualquiera podría pensar”.

De modo que lo que iba a ser un trabajo de verano se convirtió en su modo de vida. Eso sí, con un nuevo objetivo en el horizonte: tocar con su grupo. 

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Foto: Danniel Rojas

‘A quemarropa’

La vida es el mar

que todo lo esconde

Y a veces navegar y a veces naufragar

pero siempre salir a flote

Ya aprenderás a ser guardián

de todo lo que importe

A finales de los ochenta Fito había ingresado en Platero y Tú, un grupo bilbaíno de rock urbano, y de forma natural se encontró al frente, tocando la guitarra, cantando y componiendo la mayoría del repertorio. El músico, ya entregado a su nueva profesión, empezó a pedir fines de semana para tocar y acabó dejando el local que, por entonces y tras un cambio en la propiedad, estaba empezando a mostrar una cara menos amable del negocio. “Llegó un momento que empezó a venir gente rara. A mi jefe le iba mal y se asoció con uno que tenía otro puticlub y ése, por ejemplo, metió seguridad por primera vez. Cuando yo estaba no había seguratas. Y de un día para otro, llegué y vi a dos machacas. Me extrañaba, porque allí no pasaba nada que no sucediese en un bar normal: un borracho que la liaba, salía el jefe y le echaba. Pero a partir de haber seguridad comenzó a haber hostias todos los días”.

Cuando pones carceleros, un local se convierte en una cárcel, sospecha Fito. Y aunque él no suele pronunciarse sobre cuestiones políticas, aquí hace un inciso. “¿La prostitución es algo a lo que nadie le quiere meter mano, verdad? Se habla de todo, de indultos, del precio de la luz, pero si sale la palabra prostitución parece que nadie lo puede arreglar. No sé por qué, porque es una realidad paralela, y mientras tanto todo el mundo quiere regularizar hasta cómo circular con un patinete, bobadas… y nadie quiere regularizar la prostitución, ¿acaso no se podría ordenar eso? Habrá putas toda la vida, me temo. No sé si hay algo que mueva más que el sexo. El fútbol a su lado se queda pequeño, pero no parece que nadie se lo plantee”.

De ahí pasa a hablar, con prudencia, de otros temas de actualidad. “Mira, yo tampoco soy licenciado en feminismo. La putada en este país es que todo se utiliza para politizar en algún sentido, siempre lo van a llevar al terreno político, pasando por encima del problema. Yo a veces digo que las cosas que no cuestan dinero son fáciles, y a la gente de muchos partidos se les llena la boca de palabras, pero ¿qué tal si se equiparan los sueldos? Lo gratis no va a ningún sitio, todos queremos ser felices, pero nada sucede por arte de magia. Yo puedo decir que vivan la diversidad y la igualdad, pero ¿quién ayuda al inmigrante, al parado, a los sanitarios? Estas cuestiones necesitan esfuerzos, y la mayor parte de las veces, económicos”.

Fito es un tipo tranquilo, pero insiste en que también la violencia es una provocación: “Yo no he estado en la guerra, pero he vivido muchas cosas. Sin embargo, nunca me he pegado en mi vida con nadie, nunca. La fuerza como carta de presentación en sí misma ya es una provocación”.

‘Si me ves así’

Vuelvo a aquel bar

donde te vi

para cantar el ‘pobre de mí’

Ése es mi lugar, allí soy feliz 

qué pensarías si me ves, si me ves así

En 1990, Platero y Tú grabó su primera maqueta, a la que llamaron Burrock’n roll –una verdadera pieza de coleccionista– y un año después lanzaron su primer álbum, casi como una declaración de intenciones, Voy a acabar borracho (1991), en el que ya abundaban temas con referencias tabernarias. Un puñado de discos después y ya en solitario, Fito dio otro giro en su carrera con A puerta cerrada (1998), álbum cuya portada le retrataba a él en la barra de un bar.

Al margen del despegue que le convirtió años después en todo un icono del rock en español, capaz de llenar estadios y despachando millones de discos, lo cierto es que Fito se reconoce deudor de esa cultura de bar tan representativa de nuestra idiosincrasia. “Sin los bares, yo no sería nada”, reflexiona. “Porque además de haber crecido en ellos, representan todo el ocio de nuestra generación. Nosotros nos veíamos en los bares, no hacía falta quedar antes, tú sabías en qué bar se tomaba el café y en cuál la copa. Y luego, mis primeras actuaciones siempre fueron en bares, donde te dejaban tocar, porque no eras nadie”.

De su primera época cita algunos locales emblemáticos, como el Umore Ona, centro neurálgico del rock de Bilbao durante una época y hoy cerrado: “Era como un txoko de rocanrol”, dice de este garito en el que tocaban y al que le dedicó un corte instrumental en el disco Huyendo conmigo de mí (2014). “En el Umore comíamos, desayunábamos y hasta nos duchábamos. ¡Y eso que era un bar pequeñísimo!”.

De Madrid, recuerda otro mítico templo ubicado en Vallecas, el Hebe, que también echó el cierre hace tiempo. “En la mili me hice amigo de uno al que le llamaban Fernando Vallekitas, porque a los dos nos gustaba la música y el día que nos licenciamos me fui con otro amigo de Bilbao a verlo. Recuerdo que Vallecas me pareció tres veces más grande que Bilbao… fue impresionante. Y el primer día, Fernando nos llevó al Hebe, que es donde se escuchaba rocanrol, y me pasé todos los días allí metido. A partir de ahí, cada vez que venía a Madrid iba a Vallecas, hice amistad con El Pulga hasta hoy (Antonio Gabriel, su propietario), y con Platero y Fitipaldis, tocamos ahí. Durante años fue como mi segunda casa”.

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Foto: Danniel Rojas

‘Fantasmas’

No dejaba de escribir

sin saber lo que escribía

Cada noche que lo intento

se me vuelve a hacer de día

El trabajo para Fito es un privilegio no exento de obligaciones y renuncias. “Hacer canciones para otros y que a otros les interese y puedas dedicarte a esto, es increíble. Aunque a veces no te apetece tocar. Pero, ey, es tu trabajo, ¡tienes que mantener a tu familia!”, proclama. Porque si hay algo que fascina de Fito es que la suya es la historia de un currante. “Yo antes tenía teorías variadas, como ‘haz algo que no te apetezca hacer, al menos una vez al día’. Porque hacer lo que te da la gana no sé si es lo más recomendable… Hay que hacer cosas que sabes que debes hacer, aunque no sea lo que más te apetezca”. 

En su trabajo, confiesa, hay un momento especial en el que en ocasiones sufre muchísimo, que es el momento de escribir: “Es horrible. Tocar es divertidísimo, pero escribir, qué difícil, qué pánico. Sólo que cuando ya lo haces canción, el miedo desaparece y me siento bien”. La escritura, insiste, es un proceso muy íntimo y personal: “Yo siempre hablo de mí. Pero no sé lo que quiero contar. Creo que el hecho de escribir, en mi caso, no es muy diferente a hacer un diario. Sólo que tengo la suerte de compartirlo”.

‘Cielo hermético’

Suelo confundirme con facilidad

Lo que soy, lo que escribo

A veces pienso que soy un sueño tan real

Que casi me siento vivo

Hoy, con una carrera a sus espaldas de tres décadas, Fito echa la vista atrás con una mezcla de nostalgia y conformismo. “Es que con casi 60 años no puedes hacer el idiota”, reconoce. El paso del tiempo asoma en algunas letras de sus canciones: “Con la edad el cuerpo no regenera una fiesta o una noche sin dormir. Pero luego también es verdad que, si te dedicas a tu profesión, puedes ir haciendo una vida más a tu medida. Aunque, pensándolo bien, casi ninguna vida se construye a tu medida. La vida siempre es compartida. Y ahí es más difícil”, suspira.

“Con 20 años todos tenemos el ego muy alto, tu profesión es lo máximo y piensas 24 horas en ti. Pero no por maldad, es ¡porque tienes 20 años! Es normal, quieres comprender y conquistar el mundo, que no te apabulle. Pero eso se va. Y cambias tus prioridades”.

Fito pone como ejemplo la relación con sus tres hijos, “de tres momentos diferentes”, aclara. Con los mayores ha vivido más tiempo separado y reconoce haberse perdido “muchos potitos”. Ahora, con su hija pequeña, el tiempo discurre de otro modo: “Con la niña es con la que más conscientemente he disfrutado. Cosas de ser padre con 50 años. Todos los padres queremos muchísimo a los hijos, pero con 30 años y una banda de rock no eres capaz de anteponer tocar a estar con tus hijos, y no es que seas mala persona, es que tu física y tu química te impide anteponerlos a un proyecto que en ese momento te parece más importante”. 

Por eso, ahora se plantea el trabajo de otro modo. Incluyendo el calendario escolar: “Claro que pienso en el comienzo del curso… aunque ahora es fácil, porque mi hija tiene seis años. Pero me gusta que mi familia venga a los conciertos. Y mis músicos son casi todos como yo, todos tenemos hijos, y convivimos más con ellos. Pero es bonito estar en el estudio y que los niños estén correteando por ahí. Antes esto era imposible, pero uno tiene que saber el momento que vive”.

‘A morir cantando’

Soy un tipo extraordinario

de lo más común

de lo más común…

Fito parece tener recursos de sobra para normalizar el éxito, y casi todo pasa por su observación de lo que le rodea, tamizando sus infiernos y sus heridas en canciones que hablan de él, pero también de todos. Y dice que las palabras son como los ingredientes de un plato, a las que luego añades otros, los cocina y los sirve de una manera más o menos elaborada. Sus canciones, entre el rockabilly, el blues y el rocanrol, le cantan a la soledad, al amor, al olvido o a la tristeza, casi siempre con un toque agridulce que contrasta con la luminosidad de sus hits, muchos convertidos en himnos para corear en estadios o bailar en la cocina. 

Y la cocina, sigue estando ahí, para componer y escribir cuando las musas quieren hacer de lo común algo extraordinario. “Creo que los bares se deben abrir para cerrar las heridas”, rezaba una de sus canciones en 2008, una reflexión muy ad hoc para el momento post pandemia. “En el confinamiento no escribí ni una sola palabra. No se me ocurría nada más que AstraZeneca…”, bromea. Pero hoy, por fin, los bares están abiertos, y las heridas empiezan a cicatrizar. A él le pilló con su disco casi terminado, y hoy está listo para servir, como el menú de un restaurante gastronómico. Diez pases para saborear a gusto. 

“Yo tengo un amigo algo pirado que montó un bar en una aldea y que sólo te daba de comer si le caías bien… Y una vez me contaba que tenía otro proyecto para montar un bar, con un único propósito, que un pueblo sin bar no es un pueblo”, cuenta divertido. Los suyos, siguen ahí, aunque no beba. “¿Dónde se van a juntar los del pueblo? Se acaba la civilización”.

‘Cada vez cadáver’

Y aunque es todo lo que crees 

Nunca es sólo lo que ves

Y vas naciendo cada vez

Y cada vez cadáver 

Este corte de su nuevo disco para Fito es más que un single de esos del que se corearán sus pegadizos estribillos. Sus letras son aforismos, flechas directas al inconsciente colectivo, siempre más profundas de lo que parecen. Este juego de palabras, sin embargo, le ronda desde hace años, como un mantra, que le sacó de uno de sus momentos difíciles. “Estaba en un bache, en un momento no malo, pero creativamente bajo. No le encontraba sentido a algunas cosas… bueno, como le pasa a cualquiera, que te preguntas ¿pero qué es esto del rocanrol? Pero en esas, escuché un disco de Quique González que me removió. Así que le escribí una carta y se la mandé. Estaba jodido… Pero hay cosas de la canción que sí, que estaban en aquella carta. La escribí sin más razón: Cada vez cadáver. Estoy cadáver, pero más vivo que nunca”.